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MIS OBSESIONES

Viajar en trenes de cercanías

Como usuario de los trenes de cercanías de Renfe que he sido durante años, no voy a hablar hoy aquí sobre las peculiares condiciones del servicio que esta empresa ofrece a sus clientes (trenes anulados sin motivos, retrasos de varias horas, vías fuera de funcionamiento, infraestructuras tercermundistas, precios abusivos, menos vagones de los necesarios en horas punta, etc.). Por el contrario, trataré el micromundo que se forma en torno al viaje en tren de cercanías: tipos sociales, actitudes y relaciones que se dan entre ellos.


Renfe, donde calidat y servicio se dan de la mano.

Cualquier día entresemana. Dos de la tarde en la estación de tren de Plaza de Cataluña, en pleno centro de Barcelona. La gente se agolpa en el andén. Abundan estudiantes y empleados trajeados. Pero también viejos, marujas y garrulos de distinto pelaje. Algunos de estos últimos escupen a la vía. Las marujas empiezan a expulsar adrenalina y a sudar. Hay ratones cruzando la vía. Las luces del tren aparecen al fondo del túnel.

Éste es el momento de mayor tensión. La gente se aprieta junto a la vía. En cuanto aparece el tren, hay dos cosas que quedan en evidencia: demasiados pocos vagones en relación no sólo con la gente que espera fuera, sino con los que ya están sentados en el interior. Quedan pocos asientos libres. Cuando el tren se detiene y se abren las puertas, empieza la lucha por la vida.


Weeeeee! A mogollooooooooon!

Siempre hay uno -o muchos- que no respetan la norma de educación básica de dejar salir antes de entrar. Suelen ser los tres especímenes siguientes:

1 - Las marujas/viejos. Son lo peor. Viven el instante con auténtica agonía. Empujan, insultan, dan codazos si hace falta, todo por encontrar un asiento que dé cobijo a sus, por lo general, abundantes posaderas y varizosas piernas. Sorprendentemente, veremos cómo una maruja que se ha peleado con medio vagón para conseguir su asiento se levanta a los quince minutos para salir del tren.

2 - El garrulo español. O sea, el chico de no más de dieciocho años con corte de pelo militar y un chándal con abundantes referencias a la bandera de España. Invariablemente, entrará por el centro chocando contra la gente que intenta bajar del tren. Se rebotan si se les recrimina su conducta: replicarán de manera chulesca, con esa voz arrastrada y ronca de la que hacen gala. De alguna manera tienen que descargar la tensión acumulada por llevar ya demasiado rato apartados de los ladrillos, materia prima de su ámbito laboral.

3 - Los inmigrantes. Me refiero a personas de otras razas, que quizá arrastran consigo la costumbre de su país de desplazarse en camionetas atestadas de personas, con gente sentada incluso en los parachoques. Pueden reaccionar mal si uno se mantiene firme en dejar bajar a los que están dentro. Quizá incluso insulten, pero como hablan en un idioma perdido de África nadie les entiende.


Buenos días. Soy una maruja y te voy a empujar.

Las escenas dantescas no acaban ahí. Durante el trayecto también hay subtipos prácticamente estandarizados y con comportamientos muy definidos:

1 - Las marujas llevan horribles vestidos estampados en verano, complementados con no menos horribles peinados de peluquería. Sudan. Sus conversaciones suelen ser a gritos, auténticos compendios de la incultura más profunda. Normalmente hablan de su familia o se limitan a repetir como loros la opinión popular sobre cualquier tema. Cuando hay alguna pelea en el vagón, toman partido por alguna de las partes y claman su opinión a los cuatro vientos. Lo mismo hacen cuando se indignan por cualquier alteración en el funcionamiento normal del tren (algo, por otro lado, bastante frecuente), de manera que contagian con facilidad su nerviosismo a los demás.

2 - Los viejos no sólo molestan a la hora de subir al vagón. Una vez dentro, su tendencia a llevar consigo infinitas y abultadas bolsas de plástico, repletas de lechugas, tomates o alimentos en conserva, se hace muy irritante si estás sentado frente a ellos, ya que obliga a recoger completamente las piernas. Además, suelen obviar cualquier tipo de noción del sentido común y dejan desparramadas sus bolsas en medio del pasillo, añadiendo aún más dificultades a la complicada tarea de salir de un vagón atestado si no se está cerca de la puerta. Sin embargo, al parecer son mucho peores en el autobús, auténtico gueto de poder senil, y que por fortuna yo no suelo tomar.


¡Wuajala! ¡Bulula! ¡Molutu! (subtítulo: "¡Sube ya, cabrón!")

3 - Atención, porque esto no es un comentario racista. Pero hay que ponerse a temblar cuando un inmigrante de otra raza que quizá vuelve del trabajo se sienta a nuestro lado. Enseguida podremos percibir un molesto y penetrante olor a sudor, fruto, por supuesto, de sus precarias condiciones de vida, duro trabajo, etc., pero que no por ello deja de ser molesto. Por suerte, el olfato se satura enseguida y pasaremos a percibir sólo a ráfagas esos aires cargados de humedad y bacterias.

Los fines de semana el ambiente del tren se transforma. Familias que van a la ciudad a ver una película de cine, personas que acuden a ver a su pareja, y, especialmente, las estrellas absolutas, grupos de jóvenes de no más de veinte años que van o a la discoteca o vuelven a casa. Parecen todos cortados por un mismo patrón: oriundos de la ESO, hablantes de un castellano de pura raíz garrula, expertos conocedores de los peores programas de televisión, poseedores de un caudal de lecturas acaso microscópico, y usuarios de unos valores vitales que se fundamentan en los tópicos más manidos del cutrismo (ser un hombre, ser una guarra, etc.), tienen una muy molesta costumbre: chillar. Sobre todo las chicas. Quizá a partir del grito reafirman su personalidad, tal y como hacen también algunas especies de primates. No hay broma, por estúpida que sea, que ellos no celebren a gritos o risotadas. A veces también cantan o palmean. Son arrogantes, y acostumbran a protagonizar discusiones con revisores de poco carácter por no llevar billete, sobre todo cuando regresan de la discoteca.


¡Qué pachaaaaa, neeeeeng! ¿Me vas a multar por no llevar billeteeee, pringaooooo?

Quedan pocos rasgos del tren de cercanías por enumerar: las rumanas que dejan sus peticiones de dinero encima de la pierna, los yonquis que suben al vagón en pleno síndrome de abstinencia y que van dando tumbos -aunque son cada vez menos desde que se estableció el sistema de puertas automáticas, difíciles de sortear por alguien con tantas dificultades motrices-, los grupos de música peruanos que piden dinero por haber estado dando el coñazo durante toda una parada, los niños que se pasan el viaje berreando, los jóvenes cumbas que van de excursión y hermandad con sus mochilas... Pero no quiero cansar a los lectores. Para un próximo post quedan los friquis, los usuarios de tren más inclasificables y estrambóticos.

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4 comentarios

M. Glasshead -

Es que Renfe es un tesoro, da mucho de sí, jeje. Escribiré al menos otros dos posts sobre el tema.

Civ -

Joder, lo que me he reído con este post. Ya veo que no hay diferencias entre los cercanías de Bcn y los de Madrid.
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M. Glasshead -

Hombre, es una forma de hacerlo más divertido.

JQ -

A ti te gusta encasillar a la gente, ¿verdad?
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