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MIS OBSESIONES

John Lennon

Siempre he pensado que las obras de arte están formadas por una parte de auténtica inspiración y genio, única e inimitable, y otra de habilidad pura, de constancia artesanal. Dentro de la cultura popular, el ejemplo más claro lo tenemos en los Beatles, el grupo que más huella ha dejado en la música moderna, y una de las cosas por las que vale la pena vivir. Siempre me ha gustado mucho Paul McCartney, todo un artesano de las canciones y que, por cierto, después de muchos años en la cuneta, ha lanzado no hace mucho un estupendo disco, Caos And Creation in The Backyard. Después de la separación de los Beatles, la carrera de McCartney fue mucho más regular que la de Lennon, con discos más compactos y sin altibajos, fiel a su particular estilo, hasta que a mediados de los ochenta empezó a caer en la repetición y en la vulgaridad. Hasta hoy.


En esta foto, Lennon hace méritos para aparecer entre los guaperas habituales de este blog.

Sin embargo, ¿en qué es superior Lennon? No era un artesano, era incapaz de mantener una regularidad suficiente para sacar por sí solo buenos discos (excepto los dos primeros, Plastic Ono Band e Imagine). Sin embargo, en él se encarna el concepto de genio como tal: imaginativo, imprevisible. O lo que es lo mismo: idear cosas donde no las hay, ser capaz de hacer algo excepcional que parece salir de la nada. Dio ejemplos de ello toda su vida: desde Please Please Me, donde inventa el molde "Beatle", al insólito encadenamiento de guitarras de And Your Bird Can Sing, a I Am The Walrus, sin precedentes ni clasificación posible y que constituye todo un hito a mayor gloria de la especie humana, al canto a los sueños que es Dream number 9 o al sutil desgarro emocional de Starting Over. Hay muchas más, pero sólo he citado unas pocas para poner un ejemplo de su talento. En lo musical ha sido uno de los grandes genios contemporáneos, quizá el número 1. Lástima que lo asesinaran, porque sin duda nos hubiera proporcionado muchas más genialidades entre los surcos de sus discos, mediocres o no.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

¿El videojuego es un arte?

Empecemos con unas palabras del crítico de cine Roger Ebert:

"Considero que los videojuegos son inherentemente inferiores al cine y a la literatura. Hay una motivo estructural para ello: los videojuegos por naturaleza necesitan decisiones del jugador, algo que es la estrategia opuesta al cine y la literatura serios, que requieren un control del autor [...] Por lo que sé, nadie en este u otros campos ha podido citar un juego que pueda compararse con los grandes dramaturgos, poetas, cineastas, novelistas y compositores [...] para la mayoría de jugadores, los videojuegos suponen una pérdida de horas preciosas que podrían aprovechar para hacerse más cultos, civilizados y mejorar su empatía."


Roger Erbert hace a la gente bascular como este tipo.

No hay nada tan poco vivo, rancio y apolillado como la cultura universitaria. Las aulas de las universidades huelen a viejo. Pongamos un ejemplo. Admitamos que La Divina Comedia es un clásico, una obra de arte, para cualquier autoridad cultural que se precie. Pues bien, entonces admitamos igualmente que desde esas esferas un objeto artístico es "serio" cuando se pueden realizar estudios sobre él con títulos como los siguientes:

El perspectivismo difuso desde la lógica racional tradicionalista en La Divina Comedia.
La deconstrucción de las identidades petrarquistas en los versos impares de la Divina Comedia.
La longitud oblicua desde una perspectiva nominalista del vello púbico de los personajes de la Divina Comedia.

Esto sí que es serio, es decir, frases cuanto más retorcidas y abstractas mejor, a veces tan abstractas que si las analizamos detalladamente nos damos cuenta de que no dicen nada en absoluto. Durante mi etapa universitaria, me harté de buscar libros con estos títulos y, lo que es peor, de tragármelos porque supuestamente eran el camino de la verdad, la cultura y la ciencia. Los jóvenes salen de la universidad empleando ese tipo de léxico y de reflexiones, creyéndose potenciales críticos, estudiosos, analistas... genios. Fijémonos en la revista Rock de Lux, que hace acopio de este tipo de intelectuales. Obviamente, es una publicación "cultural", que habla de los discos desde una óptica tan intelectualista como vacía de contenido. Y fijémonos: entre sus secciones se han lanzado a hablar no sólo de música, sino también de literatura, de cine, y de cómic: porque son muy avanzados y queda bien decir que el cómic es un arte. Ahora bien, ¿qué pasa con los videojuegos?


¿No os creéis que le gusta el cine asiático neorrealista?

Pues que es cultura popular en estado vivo. Eres la puta hostia si sueles escuchar a un cantautor oscuro del norte de Wisconsin, si lees abigarradas novelas existencialistas de mediados de siglo, si eres un librepensador capaz de posicionarte políticamente, o incluso si lees lo más granado del cómic independiente. Pero si lo tuyo son los videojuegos, eres un friqui, un infantil. Como dice el crítico al que he citado al principio, "para la mayoría de jugadores, los videojuegos suponen una pérdida de horas preciosas que podrían aprovechar para hacerse más cultos, civilizados y mejorar su empatía".


Haz como este tipo y lee ensayos.

En este punto me dan ganas de quemar universidades. Porque a mí me parece fuera de toda dura que los videojuegos pueden ser un arte entendido como tal, es decir, una expresión personal sobre la realidad o la ficción. El hecho de que haya interactividad es simplemente su particular condición como arte, la cual, además, hace que los videojuegos sean especialmente fascinantes. Sumergirse en el micromundo que nos proponen unos determinados creadores es una experiencia comparable a dejarse llevar por una novela, una película o una pintura, sólo que de una manera diferente y, a mi juicio, claramente superior. Hay videojuegos experimentales (el mejor ejemplo que puede ponerse es el de Tetris), de género, otros que nos presentan particulares puntos de vista (por ejemplo, es muy fácil sentirse atraído por la visión de un mundo de delicuencia, violencia y policías que ofrecen la mayoría de los juegos de Rockstar) y hay clásicos absolutos que han marcado a toda una generación. Lo único que ocurre es que falta la perspectiva de los años para darles el valor que merecen. Será sólo cuestión de tiempo darse cuenta de que la literatura está completamente sobrevalorada.


Los videojuegos le llevaron a comprarse ese chándal.

Prefiero mil veces leer un cómic de superhéroes, ver una película de terror, jugar a un videojuego de matar sin cesar e informarme sobre avistamientos de ovnis o apariciones fantasmales que tragarme el Ulises de Joyce, Rayuela de Cortázar o cualquier película de Alain Resnais. Me parecen experiencias mucho más absorbentes y, sobre todo, divertidas. Claro que entonces no seré un tipo culto.

El juego de los blogs

¡En fin! He pasado una época en la que me han absorbido otras cosas y no he podido actualizar hasta hoy. Mi intención era, al menos, publicar el día 16 los resultados del concurso del post anterior, pero me ha sido imposible porque su organizador no ha dado señales de vida, ni siquiera cuando le he preguntado por lo que pasaba.

Bueno, en este post de hoy simplemente propongo un juego. Escribo varios párrafos y al final tendréis que adivinar a qué afamado blog pertenecen.

Blog número 1

Hoy os voy a hablar de un grupo de música que para mí es muy especial. Se trata de Los Mondongos, formación básica de grass-hillbilly que se sustenta en un profundo surrealismo conectado con el folklore regional del norte de Winsconsin. Su primer disco se grabó en unas circunstancias [...] (el post acaba unas dos mil vueltas de ratón más abajo).

Blog número 2

En este fenomenal artículo hemos hablado con nuestra habitual ironía y desparpajo de ese capítulo especial de vacaciones de El equipo A. Por cierto, este mes hemos vuelto a batir récord de visitas, ¡la web va lanzada! Además, hemos salido citados en el 20 minutos e incluso en el diario Metro se nos hace una breve referencia. Olvidaba decir que este mes escribo en el Rock Popular 1, ¡no os lo perdáis! Por cierto, yo y mi grupo hacemos un concierto este fin de semana, allí os espero. Además, la semana que viene monto una sesión de películas de terror de las Azores de finales de los 70, cuento con vosotros para llenar el aforo.

[Aquí me lanzo incluso a imitar uno de los comentarios que suelen tener sus artículos]:

Transformer81:
¡Eres mi Dios!

Blog número 3

Hoy conducía con el Patchmóvil y una viejuna se ha metido conmigo. No las soporto, qué triste es mi vida, estoy de bajón. Aquí pongo una tira de Calvin y Hobbes que ilustra infinito lo que siento ahora mismo. Por cierto, ahora mismo voy a escuchar un mepetrés que suelo poner cuando estoy melancólica. Cuando estoy triste, escucho música, tal y como cuento en un artículo que yo misma escribí en este blog. A continuación os explico una lista de cosas que podéis hacer cuando estéis tristes:
1-Comer palomitas de colores mientras veis una comedia romántica.
2-Llamar a vuestras amigas y organizar una fiesta de pijamas.
3-Caminar por Madrid y observar las zanjas por las obras mientras ideáis alguna crítica súper irónica e ingeniosa contra ellas que después podáis poner en el blog.
4-Pensar todos los motivos que tenéis para odiar a los catalanes y su falta de educación.
5-Leer uno tras otro todos los geniales posts que habéis escrito en vuestros blogs.
6-Pensar cómo enlazarlos en nuevos posts para que la gente no se olvide nunca de su genialidad.
En fin, sólo os recuerdo que estaría muy bien que me votarais para el concurso de blogs que organiza bitacoras.c..., ah no, perdón, que era 20 minutos. ¡Votadme! Os lo suplico.

Blog número 4

Como somos la puta hostia, los que más sabemos de cómics de superhéroes y los más irónicos, sarcásticos, y todo lo posible, en un alarde de megacultura, constantes guiños al lector y bromas privadas hemos escrito este artículo en el que demostramos la Genial! traducción al español que Panini ha hecho de El ajado Capitán América, tomo número 4. Por ejemplo, mirad este diálogo. En inglés está así:

-Yes, I, sincerely, think that you are a beast.

Y ésta es la traducción de Panini:

-Sí, sinceramente pienso que eres una bestia

¡Guau! ¡Qué fuerte! ¡Falta una coma! ¡Menuda mierda de traducción, y qué listos somos nosotros que lo descubrimos todo! Hasta aquí el post de hoy, os dejamos para que sigáis babeando hasta que actualicemos de nuevo.
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A continuación pongo la lista de los blogs de los que se trata. ¡Sólo hay que decir a quién podría pertenecer cada párrafo! (no son más que una recreación escrita con sentido del humor del espíritu de los originales, así que espero que los autores no se molesten, no es más que un juego):

El blog de Adlo!
Frunobuland
Viruete
A Patch’s Life

Y nada, ahora me espera unas horitas entretenido en leer todas las actualizaciones que me he perdido de mis blogs habituales. ¡Hasta otra!

La gente más odiada

No suelo ser muy amigo de los forwards, de hecho casi siempre los elimino sin leerlos, pero este caso es una excepción. Paso a suscribir el mail que recibí hace unos días, y que hace un llamamiento para un concurso muy especial:

En fecha de 24 de septiembre de 2005 se ha instituido el primer concurso internacional de “Aj que manía le tengo”, concurso cuya finalidad es escoger a la persona conocida y/o famosa más odiada de este año 2005.

CONDICIONES

a) Se tiene que votar un mínimo de cinco personas y un máximo de cinco personas.
b) Tienen que ser personas conocidas y/o famosas. No vale “mi profe de mates”, “ese cliente de última hora”, “el encargado de enviarme los cheques”, o “ese desconocido que no se por qué le partiría la cara”.


Entonces... ¿a mí no se me puede votar?

c) Las votaciones se harán antes del 1 de noviembre de 2005 (fecha máxima)
d) El resultado se dará a conocer entre todos los participantes el 16 de noviembre de 2005
e) Respuestas justificadas
f) Las votaciones se dirigirán a la siguiente dirección de correo:

quemanialetengo@yahoo.es

g) Reenviad este mail o invitad a participar a la gente que queráis. Es una votación abierta a todo el mundo.

Nota aclaratoria:

Cuando nos referimos a odio no queremos decir “me cae mal” o “le tengo un poco de manía”. La idea es la siguiente: encontrar a esa persona que si su corbata, o vestido, se queda enganchado en la puerta de un coche, éste arranca y durante 100 kilómetros lo arrastra a 250 km/h por una autopista a 15 de agosto y después de el choque de dos camiones que transportaban cristales, el amasijo de carne y huesos resultante la única piedad que nos inspiraría sería bajarnos la bragueta (o las bragas) y mearnos encima de él o ella.

Entre todos los participantes se sorteará un premio que puede ser una de estas dos cosas:

1. Quince días en el Caribe con todos los gastos pagados
2. Un regalo sorpresa

Otra votación:

Personaje más querido. Pues eso... que guay es este tipo/tipa... cómo me mola.

a) Mínimo de tres y máximo de tres
b) Gente conocida y/o famosa
c) No vale Andreu Buenafuente

Misma fecha límite, 1 de noviembre.

Atentamente,

Jorge Jiménez del Moral Montse Jiménez del Moral
Presidente de la C.E.S. Secretaria General de la C.E.S.

El caso es que este concurso me motiva mucho, y os animo a participar si os apetece. Como parece que la C.E.S. no tiene web propia, me tomo la libertad de publicar aquí los resultados el 1 de noviembre. Yo ya he hecho mi votación argumentada. Y los cinco personajes odiosos a los que yo he elegido son los siguientes:

Emma García


¿Alguien tiene por ahí unos guantes de boxeo? Sí, con tornillos dentro, por favor.

Da la apariencia de ser la típica chica simpática, inteligente y guapa. Cada una de sus moderadas palabras va encaminada a que la gente piense de ella: "Qué buena chica". Pero para mí es todo lo contrario. Se trata de una de las más cínicas propulsoras de la basura televisiva, perfectamente reflejada en los berzotas a los que suele entrevistar, o en las estupideces que se tratan en su programa. Su imagen hipócrita, plagada de sonrisas falsas en una cara a medio camino entre la de Marilyn Manson y Paul, el de gafas de Aquellos maravillosos años -por mucho que vaya de guapa-, no es suficiente para ocultar que se trata de una de las más firmes precursoras del marujeo y la incultura más contumaz en nuestro país. Cada vez que la veo por la televisión -a ella y a sus repugnantes colaboradores, que pontifican sobre cualquier tema con el mismo sentido común-, me dan ganas de ser un psicópata sin sentimientos, tener un rifle cargado y estar sentado en el plató.

Fernando Alonso


Encima se parece a un gilipollas de mi instituto.

No me cae bien, le pegaría una paliza si estuviera en mis manos, me parece un personaje sin ningún tipo de carisma o simpatía, sin nada interesante que decir, y más que odiarle a él, lo que odio es todo el fenómeno que se ha originado a su alrededor por sus logros. Estoy harto de la fórmula 1 de las narices y de la admiración y el patriotismo barato que brotan como setas cada vez que un tipo de éstos consigue ganar algo. Suerte que la selección española de fútbol nunca pasa de las primeras fases, si no sería un coñazo. Además, estoy harto de verlo en todos los anuncios posibles o que se me recuerde por todas partes que es un campeón (el coronel Kilgore describe perfectamente, en este artículo, tal clase de sentimientos). Por cierto, Rafa Nadal también podría haber estado aquí en lugar del bueno de Alonso.

Manel Fuentes


"¿Alguna vez has fumado un porro? Jaja, qué atrevido soy.

Al hablar de él no sé ni por dónde empezar. Quizá por el misterio de intentar comprender por qué tiene éxito y está en la tele año tras año. Me pregunto quién se ríe con él, porque sus bromas de graciosete de bar, tan forzadas, tan repensadas, en un programa tan ortopédico por lo que tiene de guionizado y poco espontáneo, no se aguantan por ninguna parte. Las entrevistas son francamente bochornosas, se nota a la legua que están pactadas y lo único que se intenta es parecer muy crítico y atrevido por preguntarle al entrevistado de turno (un personaje de alguna serie de moda, algún favorecido por la SGAE que siempre se las apaña para colar un alegato contra la piratería que pone en peligro su infecta música o algún político que se cree muy desenfadado y abierto de mente) si fumaba porros de joven o algo así. Y al mismo tiempo, el entrevistado tiene la oportunidad de refrescar su imagen "delante de toda España" al contar aquella vez que se agachó y se le escapó un pedo, o que salió del lavabo con la bragueta abierta. Qué graciosos. Fuentes es la típica persona a la que estaría bien empujar mientras camina en la última cornisa de un edificio de quince plantas.

Joaquín Sabina


"¡No me pegues más, juro no volver a escribir un libro de poemas ni a grabar un disco!"

Éste es demasiado obvio, pero nunca lo he soportado. Es pasto de la gente que se siente muy lista por identificarse con sus letras, tan profundas y urbanas... El tipo hasta escribe libros de poemas, y es muy guay porque en la lamentable Isi/Disi se interpreta a sí mismo como un borracho. ¡Qué audaz! Su discurso es el del hombre experimentado que está de vuelta de todo, y cada vez que publica un disco aparece en las portadas de todos los dominicales del pais. Es uno de esos hombres permanentemente de moda en España. Comprometido, poeta, profundo, músico, bohemio... Sus ripios, de una inteligencia similar o superior a la de las canciones del propio Cañita Brava, han creado escuela y hasta otro tipo tan inteligente como Melendi lo cita en sus canciones y le llama rey. Eso sí que es crear escuela.

La profe gorda y fea de Operación Triunfo


Consulta de la bruja Edith. Llame al 908-34-55-66

Podría haber puesto su nombre, Edith Salazar, pero es que entonces no la hubiera conocido nadie. Esta mujer no me cae mal porque sea manifiestamente antiestética, lo cual queda realzado por su peculiar color de cabello, sino porque es una especie de bruja del tarot consciente de que su imagen, por muy cantante que pretenda ser, es ésa. "La consulta del horóscopo de Edith". Sólo sale por la tele dando sermones a los alumnos de la academia desde un punto de vista emocional, espiritual o kármico, y con ese acento sudamericano que me pone tanto de los nervios: "Tienes que concentrar todo tu amor y toda tu energía para poder hacerte con esta canción"; "Vas a ganar porque eres una pedazo de artista y tienes un corazón inmenso que te llevará hacia cualquier objetivo que quieras conseguir"; parece que la pobre sufre una especie de empacho de novelas de Paulo Coelho, o que es consciente de que si no hace ese tipo de estupideces, va a captar menos planos que Enrique Anaut. Me gusta la expresión que ponen los alumnos cuando les dedica alguno de sus soporíferos discursos. Se nota a la legua que están pensando algo así como "joder, que se calle de una puta vez la fea ésta". Es el peor ejemplo de los males que el seudomisticismo puede hacerle a una cabeza inculta.

Y bueno, este post está quedando demasiado largo... ¡Pero lo va a ser más aún! No es que quiera seguir la estela de Frunobulax y sus brevísimos artículos, sino que he decidido participar también en la segunda parte del concurso. Y he aquí las tres personas públicas que mejor me caen:

Michael Jackson


Es muy fácil reírse de Michael Jackson.

Me cae bien porque, por el simple hecho de ser un tipo extravagante, una especie de Peter Pan moderno, se le ha tirado encima con mezquina crueldad la sociedad en su conjunto. Todo el mundo le juzga ya directamente un pederasta sin que haya pruebas de ningún tipo que lo constaten. De hecho, se dio mucho más bombo a su juicio que a la resolución que lo consideró inocente. Y abundan en cualquier parte los chascarrillos, ingeniosidades y bromas que hacen alusión a su pederastia y que, por lo tanto, obvian cualquier tipo de presunción de inocencia (incluso una vez demostrada). Me espeluznan los juicios populares, aunque en este caso es algo lógico: se trata de un friqui de tomo y lomo, un elemento a fin de cuentas incómodo, y si no es pederasta, seguro que es zoofílico, coprófago o algo similar. Michael, nunca me ha gustado tu música, pero desde este punto de vista cuentas con toda mi simpatía. Yo también creo en tu inocencia.

Patricia Gaztañaga


Patricia en 1987, cuando todavía era una inocente jovencita.

Es la antítesis de Emma García. Maneja la mierda, mete el dedo en llagas infectas y vive a costa de putear a base de bien a sus invitados, pero no lo oculta, de hecho es la esencia de su programa. Todo esto le confiere una honestidad inusual en muchos presentadores, que se ocultan en una sospechosa conciencia social para justificarse (como Mercedes Milà y el coñazo que da con el "dejad de fumar", cuando lo que en realidad debería decirles a la gente de la casa es: "leed algo de una vez"). Los que acuden como invitados al Diario de Patricia saben perfectamente que van a ser puestos en evidencia, que Patricia se va a cebar en la incomodidad del momento, que va a explotar hasta sus últimas consecuencias la vergüenza ajena. De hecho, a veces da la impresión de que quiera descargar en los demás un mal día. Y eso está bien, es sano y divertido.

Fernando Arrabal


Bueno, me voy a tomar la penúltima antes de ir al plató...

Se trata de un personaje casi esotérico, ya que es el único precursor de Chiquito diez años antes de que Chiquito fuese conocido. En un programa de la tertulia El mundo por montera, presentado por el bueno de Fernando Sánchez Dragó (Civ, aunque no te lo dije, a mí también me cae bien y de hecho me leí casi todas sus obras en un oscuro periodo universitario), Fernando Arrabal apareció con una borrachera del quince a cuestas y montó un espectáculo digno de ser recordado casi veinte años después. Tuvo una actuación bastante completa: se cayó del sofá, se sentó en la mesa central, se puso a manipular una cámara del estudio, le dio un beso a uno de los contertulios, pedía constantemente que le dejasen hablar, divagaba sin ningún tipo de sentido... pero dijo la famosa frase de: "El milenarismo va a chegaaaaarl", y pasó a la posteridad. Es uno de mis ídolos personales sólo por eso. El vídeo de su fantástica y legendaria actuación circula por cualquier P2P, ya que un programa de Florentino Fernández volvió a ponerla de moda. Si alguna vez soy famoso... quiero hacer algo de ese tipo, aunque sea la última vez que aparezca por televisión.

Pues adelante, os animo a que participéis en el concurso si os apetece. O a que comentéis por aquí cuáles son vuestros personajes más odiados... o aquellos con cuya estampa forráis vuestras carpetas.

P.D.: Jorge, eres un cabrón y sabes por qué."

Se trata de un personaje casi esotérico, ya que es el único precursor de diez años antes de que fuese conocido. En un programa de la tertulia , presentado por el bueno de (Civ, aunque no te lo dije, a mí también me cae bien y de hecho me leí casi todas sus obras en un oscuro periodo universitario), apareció con una borrachera del quince a cuestas y montó un espectáculo digno de ser recordado casi veinte años después. Tuvo una actuación bastante completa: se cayó del sofá, se sentó en la mesa central, se puso a manipular una cámara del estudio, le dio un beso a uno de los contertulios, pedía constantemente que le dejasen hablar, divagaba sin ningún tipo de sentido... pero dijo la famosa frase de: "El milenarismo va a chegaaaaarl", y pasó a la posteridad. Es uno de mis ídolos personales sólo por eso. El vídeo de su fantástica y legendaria actuación circula por cualquier P2P, ya que un programa de volvió a ponerla de moda. Si alguna vez soy famoso... quiero hacer algo de ese tipo, aunque sea la última vez que aparezca por televisión.Pues adelante, os animo a que participéis en el concurso si os apetece. O a que comentéis por aquí cuáles son vuestros personajes más odiados... o aquellos con cuya estampa forráis vuestras carpetas.P.D.: Jorge, eres un cabrón y sabes por qué."

Es la antítesis de . Maneja la mierda, mete el dedo en llagas infectas y vive a costa de putear a base de bien a sus invitados, pero no lo oculta, de hecho es la esencia de su programa. Todo esto le confiere una honestidad inusual en muchos presentadores, que se ocultan en una sospechosa conciencia social para justificarse (como y el coñazo que da con el "dejad de fumar", cuando lo que en realidad debería decirles a la gente de la casa es: "leed algo de una vez"). Los que acuden como invitados al saben perfectamente que van a ser puestos en evidencia, que se va a cebar en la incomodidad del momento, que va a explotar hasta sus últimas consecuencias la vergüenza ajena. De hecho, a veces da la impresión de que quiera descargar en los demás un mal día. Y eso está bien, es sano y divertido.Se trata de un personaje casi esotérico, ya que es el único precursor de diez años antes de que fuese conocido. En un programa de la tertulia , presentado por el bueno de (Civ, aunque no te lo dije, a mí también me cae bien y de hecho me leí casi todas sus obras en un oscuro periodo universitario), apareció con una borrachera del quince a cuestas y montó un espectáculo digno de ser recordado casi veinte años después. Tuvo una actuación bastante completa: se cayó del sofá, se sentó en la mesa central, se puso a manipular una cámara del estudio, le dio un beso a uno de los contertulios, pedía constantemente que le dejasen hablar, divagaba sin ningún tipo de sentido... pero dijo la famosa frase de: "El milenarismo va a chegaaaaarl", y pasó a la posteridad. Es uno de mis ídolos personales sólo por eso. El vídeo de su fantástica y legendaria actuación circula por cualquier P2P, ya que un programa de volvió a ponerla de moda. Si alguna vez soy famoso... quiero hacer algo de ese tipo, aunque sea la última vez que aparezca por televisión.Pues adelante, os animo a que participéis en el concurso si os apetece. O a que comentéis por aquí cuáles son vuestros personajes más odiados... o aquellos con cuya estampa forráis vuestras carpetas.P.D.: Jorge, eres un cabrón y sabes por qué."

Al hablar de él no sé ni por dónde empezar. Quizá por el misterio de intentar comprender por qué tiene éxito y está en la tele año tras año. Me pregunto quién se ríe con él, porque sus bromas de graciosete de bar, tan forzadas, tan repensadas, en un programa tan ortopédico por lo que tiene de guionizado y poco espontáneo, no se aguantan por ninguna parte. Las entrevistas son francamente bochornosas, se nota a la legua que están pactadas y lo único que se intenta es parecer muy crítico y atrevido por preguntarle al entrevistado de turno (un personaje de alguna serie de moda, algún favorecido por la SGAE que siempre se las apaña para colar un alegato contra la piratería que pone en peligro su infecta música o algún político que se cree muy desenfadado y abierto de mente) si fumaba porros de joven o algo así. Y al mismo tiempo, el entrevistado tiene la oportunidad de refrescar su imagen "delante de toda España" al contar aquella vez que se agachó y se le escapó un pedo, o que salió del lavabo con la bragueta abierta. Qué graciosos. es la típica persona a la que estaría bien empujar mientras camina en la última cornisa de un edificio de quince plantas.

La tierra de los muertos

En la novela Jane Eyre, de Charlotte Bronte, la protagonista, durante una epidemia de tifus que afecta al internado en el que se encuentra y que diezma a las alumnas, reflexiona de la siguiente manera:

"Me sentí rodeada por un abismo impenetrable. Sólo existía un punto firme: el mundo en que me apoyaba, y todo en torno, eran nubes imprecisas y profundidades vacías. Me estremecí ante el pensamiento de verme alguna vez precipitada en aquel caos."

A este agujero negro debieron de verse abocados los 1.200 prisioneros que fueron quemados vivos por las SS alemanas en una granja de Gandelegen. Varios de ellos excavaron en el suelo con las uñas para poder pasar por debajo de las paredes, aunque no lograron sacar más allá de la cabeza antes de morir calcinados. Y también probablemente la presencia de la muerte era constante e inmediata para los internos de la Universidad de Alcalá a principios del siglo XIX, cuando no era más que un edificio situado en un terreno bajo y pantanoso que propiciaba inevitables brotes de malaria al llegar el verano. Por no hablar de lo que debieron de sentir los pasajeros de los aviones secuestrados por los terroristas musulmanes una vez comprendieron cuáles eran sus objetivos.

Cuando me ha afectado la muerte de cerca, siempre he experimentado una sensación de intensa impotencia y de desgarro. Mi razón me empuja a creer que al morir no queda nada de nosotros, dejamos de existir para siempre. Entramos en el sueño eterno. A veces, tomar conciencia de este hecho hace que lo pase muy mal cuando empiezo a pensar en ello. La certeza de que desapareceremos quita sentido a cualquier tipo de finalidad de nuestra vida, que es lo más preciado que podemos poseer. Normalmente la idea me obsesiona y me afecta en un ámbito físico, en forma de periodos de visitas continuadas al médico o de depresión por la convicción de que en mi cuerpo hay algo enfermo que terminará por hacer más breve de lo normal aquello que amo fervientemente: la vida. "Lo último en lo que pienso es en que voy a morir", me comentó un día un amigo, palabras que considero francamente envidiables. Y aunque no todo el mundo se preocupe por igual, lo cierto es que la muerte genera una fascinación intrínseca al ser humano, la única especie que es consciente de que va a morir.

Hace unos años vi Los otros, de Alejandro Amenábar. Recuerdo que lo mejor de la película era, quizá, el álbum en el que salían fotografiados los muertos. Supongo que lo que todo el mundo se preguntó entonces es si realmente existían a finales del siglo XIX ese tipo de fotografías morbosas. Y esta página web demuestra que sí. En aquella época algunas personas fotografiaban a sus familiares muertos como si estuvieran todavía vivos, como último recuerdo. Querían resarcirse del arrebatamiento de la muerte con esa artimañana barata y sinceramente, visto desde la perspectiva actual, patética: "ha muerto, pero nos hemos llevado un último recuerdo".


¿Cómo le dejaron a este tipo hacerse esa foto?



La página parece pasto de esos tipos que van de góticos y profesan amor por la muerte y tonterías por el estilo. Pero al visitarla, quedan patentes varias cosas. Primero, que a finales del siglo XIX la mortalidad infantil era abrumadora, ya que el 90% de los fotografiados son niños. Y segundo, que las expresiones rígidas con la clara huella de la muerte, los miembros inertes pero situados por el fotógrafo tratando de simular a un niño durmiendo o tranquilamente sentado, no dejan de demostrar irónicamente, con su grotesco resultado, la necrofilia que ocultaba ese tipo de actos. La morbidez que significaba afrontar la muerte de esa manera, recreándose en ella y mezclándola con lo vivo de una manera obsesiva. Por otro lado, tampoco tienen desperdicio los comentarios a las fotos. Los visitantes a menudo identifican el parecido del fallecido con alguien, o calibran el sufrimiento que debió de padecer el muerto en su agonía a juzgar por la expresión de su rostro, o incluyen seudorreflexiones sobre la belleza de la muerte propias de chicas que visten de negro y cuya película favorita de todos los tiempos es "El cuervo". Y muchas otras veces se limitan a expresar su compasión.

Una última anécdota. Hace bastantes años, en un pueblo de unos 200 habitantes, cercano al mío, se descubrió mientras se remodelaba la plaza mayor un antiguo cementerio romano. Durante unos días, no hubo ningún tipo de vigilancia en la zona. Y un amigo mío aprovechó para colarse en la fosa y llevarse en un saco un esqueleto completo. Se dedicó a dar una curiosa utilidad a cada uno de los huesos: convirtió el cráneo en un cenicero, hizo llaveros con los dedos, etc., y después vendió su material a los chicos del pueblo. Lo vi hace poco y recordamos aquel hecho. "Es una lástima -me dijo-, si me hubiera quedado con todo el esqueleto, ahora hubiese podido llevarlo a un museo y me hubieran pagado por él una pasta".

La muela del juicio

Hace unos meses fui, no muy convencido, a la casa de un amigo de mi compañera que nos invitaba a cenar. En cuanto llegué, supe que mis sospechas quedaban confirmadas: el alcohol brillaba por su ausencia (apenas dos latas de cerveza para diez personas) y toda la cena se reducía a unos platos de ganchitos y a una putrefacta comida de chino pedida por teléfono. Enseguida vi que me costaba mucho comer. Sentía desde el lado izquierdo de la cara unos terribles aguijonazos de dolor en la boca. El dolor creció hasta hacerme muy difícil concentrarme en otra cosa, así que no me apetecía ni comer ni hablar y, para colmo, el malestar se extendió al estómago. Además, al terminar la cena comprendí que ese tipo no nos había invitado a cenar, sino que más bien nos había convocado en su casa para cenar, porque antes de irnos, raudo y ágil, nos comentó que "teníamos que hacer cuentas". O sea, cada uno se pagaba lo suyo.

Recuerdo que aquélla fue una de las peores noches que he vivido. A mi compañera le sentó mal la comida y estuvo vomitando toda la noche. A mí me parecía muy difícil el simple hecho de abrir la boca, y sólo tenía ganas de tumbarme y soportar como fuera el dolor. Estuve así dos días, ya que coincidió con el fin de semana, y ese mismo lunes fui a la dentista. Su veredicto, después de una cara de sorpresa por lo considerable de la infección, fue que era necesario quitarme la muela del juicio. Me recetó unos antibióticos, a los pocos días el dolor remitió y yo empecé mis vacaciones. Sin embargo, justo a la vuelta tenía cita para una operación de apenas una hora que había de ser sencilla.

Esta mañana ha sido el momento. Después de recibir dos inyecciones de anestesia, la dentista ha desaparecido y me ha dejado solo unos cinco minutos. He empezado a notar que se me dormía el lado izquierdo de la boca: perdía la conciencia de los límites de mis labios y de la barbilla. Entonces ha vuelto a aparecer, ataviada con una mascarilla y unas gafas protectoras, y me ha dicho que cerrase los ojos.

Me ha podido la curiosidad. Los he abierto cuando un torno mecánico me cortaba la muela, y he visto cómo saltaban en el aire las virutas de la muela, junto con una abundante cantidad de gotitas de sangre. El olor a muela quemada impregnaba el aire. La dentista alternaba el torno con un aparato de extracción que consistía en hacer palanca. Cada vez que tiraba de la muela con este último aparato, notaba una presión muy molesta en el resto de mis muelas. Al final la muela se ha roto con estrépito, y ella ha continuado serrando. Justo antes de introducirme en la boca un torno de proporciones considerables, me he fijado en sus gafas protectoras. Estaban salpicadas con varias gotas de sangre. Y esto me ha llevado a fijarme en el reflejo de las gafas, y ha sido una experiencia similar a acercarse al borde de un precipicio y contemplar el vacío. Mi encía estaba abierta a lado y lado y en el boquete asomaba, imponente, como una astilla clavada, la muela del juicio junto con la parte del hueso que sólo acostumbramos a ver en las radiografías.

"Ya casi está", me ha dicho. Un poco más de fuerza, algo más de torno, y fuera. Sus guantes estaban llenos de sangre y cada vez que tragaba podía notar su sabor recorriendo generosamente mi garganta. A continuación me ha cosido los puntos, me ha puesto una gasa, me ha limpiado restos de sangre que me quedaban en la cara y me ha cobrado 150 euros por la operación. No sin antes advertirme que mi boca es un despropósito de caries y muelas del juicio con peligro de erupción, y que va a ser un duro -y costoso- trabajo arreglarla.

De vuelta a casa, sólo podía pensar en dos cosas: en lo poco que sospechaba el mal estado de mis muelas, y en la posibilidad de haber recibido ya el casco inglés de la Segunda Guerra Mundial, encontrado en Normandía, que gané hace unas semanas en e-bay. Enfrascado en mis pensamientos, apenas he advertido que una conocida del pueblo me saludaba y se dirigía hacía mí con la intención de explicarme algo. Mientras me comentaba los últimos lances de su vida, descuidadamente, sin pensarlo, me he metido un dedo en la boca y me he quitado la gasa que llevaba. Me he dado cuenta de que sus ojos se desplazaban asombrados hacia aquel trozo de tela completamente oscuro y del que goteaba sangre, para luego alzarlos nerviosamente de nuevo hacia mi rostro, y por último desviarlos otra vez hacia mis dedos, que me entretenía en limpiar en mi caseta. Supongo que habrá experimentado un impacto emocional semejante al latigazo que me he llevado cuando, ya en mi casa, he bebido de una botella y un chorro de agua ha caído en vertical sobre la cicatriz de la operación.

Después de este caudal de poesía cotidiana, completaré el post con una cadena en la que me involucra Civ de manera muy cortés, aunque eso sí, después de compararme con Hordak enemigo de todos/amigo de nadie, y aunque en un principio mi idea era demostrarle lo contrario... ¡me he dado cuenta de que apenas me llega a dos personas más para continuar la cadena! Pero en fin, he aquí mi actual fondo de pantalla:



¿Qué esperabais? ¿Vísceras, sesos, intrincadas referencias culturales? Pues no: un tibulove.

Y le cedo el turno a... cómo no, el Coronel Kilgore, quien espero que tenga tiempo de hacerlo desde su puesto de francotirador en lo alto de una torre. Y por supuesto, a Engelson, quien quizá delatará que el gesto tranquilo y conciliador de Lope de Aguirre sirve para adornar su pantalla. Y a partir de aquí empiezan los problemas... bueno, que participe también Son si lo desea, aunque hace lustros que no la veo por aquí, y... el Francés, pero no sé si estará mucho por la labor. También me encantaría que participase Gemmita.

El blog de Borjamari

Ya hace tiempo que no escribo ningún post sobre crítica de otro blog. Y éste tampoco lo es, sino que se trata de una explicación de los motivos que me han llevado a abandonarlas casi por completo. Pauli me mostró el blog de Borjamari no hace demasiado. Su aparición se remonta al 2003, tiene mucho éxito y sus críticas levantan ampollas en cuanto aparecen.

Cuando empecé a escribir críticas, no sabía que existía otro blog que estaba centrado en ellas. Me parecía un campo inusual y excitante. De hecho, los posts de crítica siempre han sido los que más discordia y expectación han despertado. Parte importante del espectáculo era la reacción de los autores y lectores de los blogs cuando leían lo que había escrito sobre sus bitácoras. Era divertido, pero ya no lo hago. En primer lugar, me interesaba centrar el blog en otro tipo de cuestiones que poco a poco han ido absorbiendo su temática. Y por otro lado, no tenía material para hacer buenas críticas.


"Y este Borjamari... ¿es como los críticos de La Butaca escribiendo sobre las películas de humor norteamericanas?"



Mi objetivo no era dejar por los suelos a nadie. Disfrutaba encontrando un blog que contuviese algo que lo hiciera especial en el sentido negativo, y señalándolo desde mi manera de ver las cosas. Desde la última crítica, he sido incapaz de topar con otra bitácora que suscite en mí las emociones de las anteriores. No me motiva destrozar el blog de un quinceañero más interesado por el último capítulo de Aquí no hay quien viva que por la filosofía de Hegel. Ni el de un abuelo que hace su blog como puede y que lo utiliza para hablar de cosas como a qué temperatura tiene que estar el agua con la que se riegan las plantas. Así son la mayoría de los blogs, pero me parece estupendo y enriquecedor para quien decide llevarlo a cabo. A mí no me sirven.

Sin embargo, a los artífices de Borjamari, sí. Con un estilo un tanto farragoso y cargante -más o menos el que utilizan algunos de los articulistas de Mondo Brutto para hacerse los ingeniosos-, y unas frases que suelen ocupar todo un párrafo, se dedican a lapidar ese tipo de blogs mediocres con unas críticas que han acabado siendo repetitivas, ya que los blogs "malos" se reducen a los de "adolescentes empalagosos", "poetisas futiles" y... poco más. Al menos están obteniendo un provecho económico del asunto, en forma de banners. Tienen material para rato, pero al final todo acaba siendo una especie de insulto por el insulto sin ningún tipo de gracia, sin que haya nada realmente digno de mención (lo cual queda acentuado por la inexistencia de una herramienta de búsqueda que permita encontrar, entre el alud de blogs, la opinión sobre alguno en concreto).


"La dialéctica racionalista occidental empleada en el blog de Borjamari tiene su raíz en los antiguos sacerdotes de Mesopotamia..."



Y entre crítica y crítica, parece que la vanidad acaba haciendo su aparición, porque en Borjamari siempre han sido muy frecuentes los posts dedicados a hablar de sí mismos. Así que el seguidor de este blog normalmente estará acostumbrado a leer párrafos de una ironía tan fina como ésta:

"Por mucho que se escude en 'opiniones personales' [este blog] no puede evitar que éstas sean poco verosímiles, además, su selección de bitácoras deja mucho que desear, reduciéndose la mayoría de las veces, sólo a machacar sin piedad y de una manera estrafalaria las que aspira a intentar reseñar."

En este tipo de frases queda patente una aburrida vanidad, cargada de pedantería, que es el vivo reflejo del blog. O algo así como "reflexionamos sobre nosotros mismos irónicamente para dejar claro que somos la leche y unos críticos superácidos".

Os invito a que leáis tres posts seguidos y acabéis aburridos antes de terminar el segundo. Por otro lado, Borjamari está plagado de curiosas contradicciones. He aquí lo que se dice en uno de sus tan escasos artículos de autorreflexión:

"En ningún momento, ni bajo ningún concepto, está en la intención de quien escribe, insultar, calumniar, ni ofender a nadie, sino simplemente expresar una opinión sobre algo que está expuesto, de una forma pública, a los demás."

Sin embargo, es curioso leer, después de este párrafo, otro como el siguiente, dedicado a uno de esos blogs de adolescentes de los que tanto les gusta hablar:

"Por lo menos hay que reconocerle mucho valor para publicar sus fotografías de forma reincidente teniendo una cara como esa sin ningún complejo. Di que sí chaval que todo el mundo debe de tener su público, por mucha belleza rara que le toque a uno."


"¿Quién es Borjamari? ¿Un comunista? ¿Es especialista en Gustavo Bueno?"



Sólo queda añadir que de vez en cuando sí que hace críticas positivas, pero pecan de lo mismo que las negativas: la reiteración. Normalmente, para Borjamari son buenos los blogs que hablan de ciencia con seriedad y conocimiento o los que tienen un carácter más literario pero hacen uso de un estilo "sencillo, con el que se remarcan profundamente las verdades de la vida".

A su favor puede decirse que su conocimiento del medio es innegable, lo que a veces queda plasmado en posts que contienen informaciones interesantes. Pero esto, en mi opinión, no compensa el resto del blog -que, por cierto, tampoco admite comentarios de los lectores: una lástima, porque entonces sí que valdría la pena visitarlo. Para mí, la mayor valía de Borjamari consiste en que me demuestra perfectamente lo que no quiero que este blog llegue a ser.

Peligrosa lejanía

Hace unas semanas pude presenciar un accidente de tráfico. Era casi medianoche. Estaba charlando tranquilamente con mi amigo, que conducía, cuando observé que un viejo Mercedes que circulaba en sentido contrario invadía bruscamente nuestro carril. Se estampó directamente contra una furgoneta de color blanco que circulaba apenas a dos metros por delante de nosotros. El choque fue casi frontal y, después de un sonido brusco y seco, los dos coches volaron literalmente por encima de nuestro vehículo. El Mercedes suicida quedó derribado en medio de la calzada, con el morro aplastado, y la furgoneta acabó volcada más allá de la cuneta. Mi amigo fue hábil y consiguió detener el coche, encender los intermitentes y apartarse en la cuneta sin que sufriéramos ningún rasguño.


"Espera, que te voy a dar una vuelta con mi coche. Hey, ¿por qué sales corriendo?"



Nos costó unos segundos reaccionar. Decidimos bajar del coche y acercarnos a los vehículos accidentados. La gente que venía detrás de nosotros también empezaba a salir de sus coches. Caminé primero hacia el Mercedes. El pitido continuo de su claxon vibraba por encima de las voces curiosas. Había dos ocupantes en el interior: una persona atrapada entre los hierros, con el volante clavado en el pecho y la barriga abierta y exhibiendo las visceras. A su lado, otra persona estaba viva, con los ojos en blanco y con grotescas convulsiones. Me dirigí entonces hacia la furgoneta por encima de los cristales rotos. Detrás de la ventanilla sólo había una persona absolutamente pálida. Alguien dijo más tarde que no tenía pulso.

La situación pasó de dantesca a surrealista cuando un exaltado, que venía de los coches de detrás y se quejaba de que le habían dado un golpe a su vehículo, empezó a chillar a los accidentados: "Más vale que os muráis, porque si no os mato yo". La policía y la ambulancia llegaron enseguida. No nos preguntaron y pudimos irnos al poco rato.


Hola Patch, te dedico esta foto totalmente fuera de lugar. Sólo te pido que me nombres en tu blog. Enróllate, sería un punto.



Normalmente suelo sentir una peligrosa lejanía con respecto a la muerte. El hecho de que se nos hable de grandes catástrofes donde han muerto miles de personas, o de terribles guerras en países exóticos, o incluso de muertos en accidentes de tráfico, no me afecta demasiado. Con esto no pretendo escribir un artículo del estilo de los que aparecen en el dominical de El País y hablar de mi falta de solidaridad y humanidad, sino sólo señalar lo que creo que normalmente nos pasa a todos, y es pensar que vamos a vivir para siempre y que la muerte es algo que le ocurre a los demás. En el caso del accidente que he explicado, si hubiésemos llegado cinco segundos antes al mismo punto probablemente nos hubiera pasado a nosotros. Ahora no estaría aquí escribiendo este artículo, mi vida habría terminado abruptamente, sin esperarlo y quizá sin darme cuenta.

Me parece apropiado, en lo que a esto respecta, hablar de la situación que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de exterminio nazis, pensados para la masacre sistemática de todos sus presos. Tras haber leído varios testimonios de supervivientes (recomiendo especialmente el libro Si esto es un hombre, de Primo Levi), he llegado a la conclusión de que los que no murieron fue gracias a su enorme adaptabilidad y capacidad de recursos, a su don de gentes para saber comerciar y usar el ingenio, ganarse a los kapos, estar así mejor alimentados y poder superar de este modo las selecciones, los trabajos más duros y las epidemias. Sin embargo, muchos de los que sobrevivieron han pasado los años ahogados por el sentimiento de culpa que les ha generado, precisamente, el hecho de haber sobrevivido a costa de los que se hundieron. Aunque es cierto que la adaptabilidad ayudó a su supervivencia, no lo es menos el hecho de que en un campo de concentración la muerte era algo más o menos aleatorio: bastaba con que los médicos equivocaran la ficha a la hora de decidir si alguien volvía al barracón o se iba directo a las cámaras de gas, o con tener la mala suerte de ser disparado por un policía que quería ganarse unos días de permiso y que alegaría posteriormente que el preso había intentado huir, o con ser destinado a un trabajo imposible y en unas condiciones infrahumanas. Esta aleatoriedad era la que no tuvieron en cuenta la mayoría de los supervivientes que cayeron posteriormente en depresión.


Proceso de selección sumario en Auschwitz. Las mujeres, los niños y los ancianos solían ir directos a las cámaras de gas.



Y esta aleatoriedad es la que pude contemplar de primera mano a raíz de aquel accidente de tráfico. Solemos sentirnos espeluznados por las muchas personas que murieron en Auschwitz, por lo mal que lo pasan los enfermos terminales de cáncer antes de morir, por las muchas muertes que se produjeron en el accidente de un cámping. El factor común de todos estos hechos es lo peor que nos puede pasar a todos, la muerte. Y lo verdaderamente horroroso es la peligrosa lejanía que a veces sentimos con respecto a que esto pueda suceder. En el momento en que morimos, todos estamos igual de muertos.

Pere

Pasa todo el día solo. Es fácil coincidir con él, a lo largo del día, en cualquiera de los restaurantes o bares que abundan en el pueblo. Muchas veces, mientras tomo el aperitivo, lo veo entrar, sentarse en una mesa y comer el menú del día mientras da cuenta de una botella de cava. Hasta entonces, ha estado desde las diez de la mañana recorriendo los bares y bebiendo cerveza sin parar. Nunca le acompaña nadie y no hace el menor esfuerzo por comunicarse, más allá de pedir a los camareros.


Me fastidia que engendros como éste sean el prototipo de prestigio social.



Su aspecto es bastante peculiar. De unos treinta y cinco años, bajito, con una barriga importante y unas melenas negras descuidadas y grasientas, también le caracterizan unos pantalones de gimnasia cortos rematados con unas zapatillas de estar por casa y unos calcetines negros estirados a lo largo de la espinilla. Aunque su ruta de bares a lo largo del día es inexorable, y aunque su condición alcohólica cuando llega la noche debe de ser considerable, nunca le he visto molestar a nadie. Se limita a mirar al infinito, fumar un cigarrillo y terminar con su cerveza, sabiendo que aún le quedan muchas más por delante.

Hace esto cada día, de lo que puede deducirse que su mundo de relaciones sociales no es demasiado amplio. Quizá es pensionista o vive de rentas, por lo que puede permitirse ser un ermitaño dentro de la civilización. La última vez que lo vi, la chica que me acompañaba dijo que estaba segura de que padecía una depresión, de que no era normal. Los únicos motivos para que llegara a esta conclusión eran su más que evidente desapego social y su aspecto, tan desaliñado y repulsivo para algunos, honesto y auténtico para mí.


Esta clase de tipos son mis verdaderos héroes.



Algún día me gustaría buscarle conversación a Pere. Sentarme a su lado, pedir una cerveza e intentar indagar en su visión de la vida, que yo intuyo fascinante. Poco a poco se ha convertido en uno de mis ídolos: un perdedor que arrastra su fracaso con dignidad, alardeando incluso. Un disidente social que, ajeno a cualquier pose o pretensión, se limita a ser como es. Habrá quien se ría de él, quien lo considere ridículo, pero me da que con su sola presencia es Pere quien se carcajea en nuestras narices.

Happy Loosers

Cuando uno empieza a interesarse de verdad por lo que han hecho los demás, ya sea en cuanto a música, cómics, discos o cualquier otra cosa, le entran muchas ganas de emularlos y lograr algo semejante. Me pasó en mi infancia con Richard Corben y Edgar Allan Poe; en mi adolescencia, con Stephen King y J.D. Salinger. Y ahora mismo, con demasiada gente como para poder citar sólo un par de nombres.


Mi referente es Ferran Adrià. Es un tío guay.

Reconozco que me quedo sorprendido con mucha facilidad. Me encanta la sensación etérea y estimulante de acabar de experimentar algo especial, distinto, que ha marcado un hito en el trayecto de mi vida. Muchas veces uno no sabe cuánto le ha afectado una película, un libro o un disco hasta que pasados los días empieza a comprender que, inconscientemente, los tiene de manera permanente en la cabeza. Que, sin percatarse, saborea su regusto con deleite y parsimonia. No tardaremos en proclamar a los cuatro vientos nuestro descubrimiento y en buscar a cómplices de nuestra fascinación. Sin embargo, en ocasiones veremos que nuestro entusiasmo topa con la indiferencia más absoluta.


Tío, con este tipo de fotos no se triunfa. Mejor sería poner un cómic de Calvin y Hobbes.

Esta indiferencia puede llegar a ser terrorífica. Que se lo pregunten, si no, a Carl Rusk, un talentoso compositor de pop que abandonó la música tras dos canciones brillantes que no tuvieron ningún tipo de repercusión. O a Lovecraft, cuya popularidad en vida nunca fue más allá de un estrecho círculo de admiradores. O a ese tipo gordito y con gafas del instituto, lleno de cultura y de experiencia intelectual, al que casi nadie tuvo en cuenta porque no era enrollado. Incluso el talento hay que saber venderlo y es preciso darle la forma necesaria para que sea más accesible. Pero la mayoría de estas personas se vuelcan en sus obsesiones sin tener en cuenta nada más.


Carl Rusk: en tu día no te escuchaba ni tu padre. Hoy eres el ídolo del autor de un oscuro blog.

No son egocentristas ni les mueve el afán de protagonismo. Ya hay demasiados esnobs que critican la fama y el reconocimiento como algo mediocre, y que para destacar adoptan la pose de incomprendidos. El perdedor auténtico no se molesta en querer ser un outsider, un "librepensador" de medio pelo. No quiere ser un referente de nada, no es complaciente ni se congratula a sí mismo por su éxito, no pretende que lo adoren, es más, algo así lo detesta y le incomoda. Necesita el feedback de los demás simplemente para calibrar hasta qué punto ha logrado sus objetivos, en qué medida lo que ha hecho tiene el valor que él suponía. Con humildad, busca señales que le indiquen si lo está haciendo bien. Y también es ésta la trampa que le lleva a la condena: no se esfuerza en aparecer cada dos por tres en la foto y por lo tanto difícilmente llamará la atención.


Escogí a mi novia por sus bellísimos valores personales.

Mi más sincera admiración para esos escritores que terminan dos relatos brillantes y que no vuelven a escribir porque nadie les dice nada; para esas bandas que abandonan después de que a sus conciertos no acudan más de diez personas; para esos dibujantes de cómics que aparecen fugazmente en un oscuro fancine para luego desaparecer. Es posible que, con el tiempo, el sedimento de lo que han hecho genere un merecidísimo e imborrable culto hacia ellos, aunque apenas lleguen a disfrutarlo. Y por supuesto, mi más honesto aborrecimiento hacia los buscadores de la fama fácil, hacia los que se recrean en el éxito como medidor de sus cualidades personales. Lo único que puedo decir es que el tiempo se encargará de que en unos pocos años nadie, ni siquiera los que una vez los tuvieron como iconos, se acuerde de ellos.

¡En fin! Llegaron mis vacaciones, y voy a tomarme un descanso que alcanzará hasta bien avanzado agosto. Después de unos meses, puedo decir que me lo he pasado en grande escribiendo este blog pero que aún no tengo claro si continuaré. En cualquier caso, muchas gracias a todos los que os soléis pasar por aquí para leer estas pajillas mentales. Buen verano y... ¡a divertirse!

Metrosexuales contra feos

El año pasado se puso de moda un término que actualmente ya no pega tanto, pero sí las actitudes que implica: metrosexual. El metrosexual era un joven que rondaba la treintena, independiente y de alta solvencia económica, que se preocupaba casi de manera obsesiva por su aspecto: aficionado a la ropa cara, a las cremas y ungüentos corporales y a los peinados a la última moda. El icono cultural de este "movimiento" no era ni más ni menos que David Beckham: un jugador de fútbol más o menos aceptable, pero que no destaca por nada más aparte de por ser guapo. Es ídolo allá donde va, simplemente por su imagen (¿o acaso alguien le ha oído alguna vez decir algo?).


Adoramos a Beckham... Y somos.... eeem... metrosexuales.

Metrosexuales los ha habido siempre, sólo que se les ha llamado de otra manera. Desde el siglo XIX ha habido profusión de dandys entre los jóvenes: es decir, tipos también obsesionados por vestir bien y a la última y por mantenerse eternamente bellos. Y de hecho, una de las mejores novelas que se han escrito nunca, y que analiza y reflexiona sobre la metrosexualidad mucho antes de que ésta existiese como término, es American Psycho. Bret Easton Ellis señala sin concesiones lo vacío, mediocre e insustancial de este tipo de vida al que parece que últimamente aspira casi todo el mundo.


¡Si sigo esta dieta marcaré abdominales!

Unos estudios recientes -aunque desconozco su fiabilidad- señalan que España es el país de Europa donde se realizan más operaciones estéticas al año. No me extrañaría que esto fuese así. Desde el medio de comunicación más importante hoy día en este país, la televisión, se nos vende cada día la belleza física como modelo perfecto de aceptación social. Si se quiere estar integrado y conseguir la fama, hay que ser guapo, ir al gimnasio y gastar mucho dinero en ropa, cremas y perfumes. No importa lo zoquete, inculto o mala persona que uno sea, porque estos parámetros no entran en juego. La cultura no es cool. No hay más que dar un repaso a la parrilla televisiva para constatar este hecho. Me atrevería a decir que las cadenas privadas, cuya única función social es la de ganar dinero, dedican menos de un 5% de su programación a algo que no sean las estupideces.


Papá... quiero ser famoso, como los de la tele.

Cuando hablo de estupideces me refiero a la idea distorsionada del mundo con la que se nos avasalla. Un mundo de gañanes que descuidan cualquier otro factor distinto del ser guapo. Que bailan con las absurdas modas musicales que se suceden unas a otras y que invaden los politonos de los móviles. Que aspiran a la fama sin más, aunque esto equivalga a convertirse en un payaso que hace un espectáculo de su intimidad. Que usan cremas faciales porque alguien de la tele lo hace, que se compran un cinturón blanco porque Jesús Vázquez el otro día lo llevaba, o que se rapan la cabeza al cero porque Beckham también se la ha rapado y él es el tío más molón de todos.


Estoy ensayando la mirada de Jesús Vázquez... En la disco todas caerán a mis pies.

Me siento afortunado cuando veo que mis héroes son muy distintos. Mis héroes no son Beckham, ni cualquier concursante de Gran Hermano, ni tampoco ningún cantante sudamericano. Por el contrario, me siento más afín al tipo que en mi pueblo está cada día comiendo solo en el mismo sitio, con el pelo enmarañado y descuidado, en pantalones cortos, calcetines negros y sandalias, y cascándose él solito una botella de vino. O al individuo que viste siempre los mismos tejanos cutres, la misma camiseta negra y el mismo pelo peinado de lado intentando camuflar su calvicie, que no le importa que las chicas de su trabajo se rían de él. Tal y como están las cosas, es como para que cada día que pasa uno se sienta feliz de ser feo de cojones.

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Consejos para un buen recopilatorio

Llevo grabando recopilaciones musicales para los demás desde los catorce años. Claro que por entonces me gustaban cosas tan selectas como Emerson, Lake & Palmer, Mike Olfield, The Alan Parsons Project o incluso el mismo Serrat. Con el paso del tiempo he ido definiéndome en lo que respecta a las características que para mí debe tener un buen recopilatorio. Y he resumido todos los puntos que creo que son imprescindibles en una especie de decálogo. Ojo, no pretendo que esto sea un dogma. Sólo quiero mostrar las conclusiones a las que he ido llegando desde mi propia perspectiva.


Otro adolescente fanático de Mike Olfield.

1- Un recopilatorio debe ser necesariamente una grabación que se hace para otra persona. No tiene sentido que las grabemos para nosotros mismos. No creo en la mística de un recopilatorio que se proclama en novelas como Alta fidelidad, eso de que "es algo muy especial que regalas a otra persona para que te entienda", etc. Dejemos ese tipo de frases para Paulo Coelho. Por el contrario, considero que un recopilatorio es una pequeña artesanía, una especie de bandeja con una selección de manjares, por decirlo de algún modo. Algo perfectamente calculado. Nunca podremos hacernos entender por las canciones puesto que para cada persona significarán algo distinto.

2- Tomando en cuenta la regla anterior, debemos tener muy presente que el sujeto protagonista es la persona a la que entregaremos el recopilatorio, y no nosotros. Así que tenemos que conocer sus gustos aunque sólo sea ligeramente. Por mucho que nos esforcemos, a un fan de los Chunguitos nunca le gustará un recopilatorio de lo mejor del rock siniestro. Hay que ajustar las canciones a la persona que las va escuchar.


Soy experto en recopilatorios. Con ellos puedo enamorar a cualquier chica.

3- Nunca tenemos que traicionarnos. No debemos olvidar que quien elige las canciones somos nosotros. Sería un error grabar a alguien un recopilatorio de música que no nos gusta. Lo haremos mal, no disfrutaremos y ese CD no tendrá nada de nosotros en su interior. Es importante que encontremos el equilibrio perfecto entre la persona que va a escuchar lo que grabamos y nosotros mismos. Una buena señal es que nos guste escuchar lo que hemos grabado.

4- Hay que usar el sentido común. Si queremos mostrarle el mundo de la música electrónica a una persona que no tiene demasiada idea sobre el asunto, y no queremos que nuestro CD acabe perdido, rayado y lleno de polvo debajo de una estantería, tenemos que optar por lo más accesible, sin que eso quiera decir lo más comercial. Por ejemplo, elegir a Kraftwerk en lugar de a Neu es una buena manera de lanzar un cebo dulce y de calidad al que una persona que desconozca ese estilo pueda agarrarse e interesarse para luego buscar otras cosas. Otro ejemplo: si queremos hacer un recopilatorio de rock para una persona hasta entonces afín a los 40, una buena manera es elegir el glam-rock (T. Rex, David Bowie, The Sweet, etc.), lleno de canciones pegadizas, energéticas e infecciosas -que precisamente por este motivo abundan en los anuncios televisivos- sin que se resienta su calidad.


Uh... ¿Seguro que si leo este decálogo ligaré más?

5- Es necesario guardar la coherencia temporal. Provocaremos un bajón considerable a quien nos escuche si, por ejemplo, empezamos con una canción de los Beatles, para luego seguir con una explosión guitarrera de Sonic Youth y acabar con alguna canción de blues del negro Robert Johnson. Obviamente, esto no tiene ni pies ni cabeza y nuestras recopilaciones termirarán por ser poco cuidadas y odiosas. Un buen consejo es circunscribirse a una década en concreto, pero nunca mucho más, porque las técnicas de grabación también suelen ser distintas y se nota mucho el cambio ya no sólo de estilo, sino también de sonido.

6- Tan importante como la coherencia temporal es la coherencia de estilo. Sin embargo, dentro de esta cohesión sí que es posible cierta variedad, siempre y cuando no sea demasiado disonante. Es decir, claramente una canción de jazz junto a una de punk no pinta nada y quedaremos como unos cutres. Sin embargo, el punk sí que pega con el pop. O por ejemplo, el rock admite que se incluya también alguna canción de country-rock o incluso de reggae. Debemos ser lo suficientemente intuitivos como para reconocer qué canciones pegan, pero nunca lo bastante descuidados como para que nos dé igual mezclar cualquier estilo.

7- Personalmente, creo que es mejor un recopilatorio de canciones preferiblemente cortas, que no pasen de los tres minutos. Desde siempre he creído que todo lo que tenga que decir una canción lo puede hacer -y le sobra- en esa cifra mágica que ha sido respetada por la mayoría de las mejores canciones que se han escrito jamás. Cuanto más breve sea una canción, más impacto causará en nuestro oyente y, sobre todo, menos tentaciones tendrá de saltarla y pasar a la siguiente si se encuentra con algo que le sorprende demasiado o a lo que está muy poco habituado. Y cuantas más canciones tenga nuestro recopilatorio, más jugoso será y podremos añadirle muchos más matices. Un recopilatorio que termina demasiado pronto puede ser señal de que no conocemos muchas canciones.


¡Hey! Deberías incluir alguna de mis canciones en tus recopilatorios. Verás, te cantaré una de ellas.

8- Nunca poner más de una canción de un solo grupo. Esto es una norma básica y esencial. No hay nada más patético que las típicas recopilaciones donde se nota que el tipo en cuestión tiene toda la discografía de un grupo que le gusta mucho y luego sólo dos o tres discos más. Queda de friquis y en ese caso lo mejor es invertir el tiempo en, por ejemplo, visionar los videoclips completos del artista de nuestros amores. Pongo un caso particularmente monstruoso que pude ver en cierto foro en el que la gente recomendaba sus recopilatorios favoritos:

1. The Strokes. Last Nite
2. Los Planetas. Qué puedo hacer
3. The Strokes. Is This It
4. Muse. New Born
5. Los Planetas. Tómate esto
6. Muse. Plug In Baby
7. The Strokes. Hard To Explain
8. The Strokes. New York City Cops
9. Guns'N Roses. Right Door Next To Hell
10.The Strokes. Trying Your Luck
11.Radiohead. Karma Police

9- Una recomendación importante: no seamos obvios. Como buscadores de canciones, siempre preferiremos aquellas que han permanecido ocultas durante años, solapadas por la fama de otros temas. Elegiremos las canciones más refinadas y desconocidas que podamos, para que verdaderamente puedan considerarse un logro, un rescate desde lo más hondo del olvido. Así que no pondremos ninguna canción de Queen, ni otras como Imagine de John Lennon, Sultans of Swing de Dire Straits o cosas así. La elección de los temas es un arte, y un recopilatorio debe ser único: así que tampoco repetiremos canciones que ya hayamos usado en otras grabaciones. Siempre canciones distintas y una vez grabadas son historia, por mucho que nos gusten. Ahí reside el auténtico reto.


Pero si los Strokes molan... o eso dice Rockdelux, ¿no?

10- Y por último, quizá el punto más importante. Jamás debemos descuidar el ritmo de nuestro recopilatorio, y según creo, el hecho de que ahora podamos tener una visión completa de lo que hemos recopilado antes de grabarlo en un CD ayuda mucho a conseguirlo. Pep, en su grandísimo blog, nos dice en este artículo que "Grabar un recopilatorio a un amigo en CD, es lo más aséptico y frio que existe. Pinchas, arrastras y hasta que no grabas el resultado es poco más que intuitivo. Nada que ver con grabarlo en una cinta, donde vas escuchando lo que vas grabando e intuyendo en cada momento cual debe ser la siguiente canción a colocar (...) Haces algo realmente personal y es una de las formas más bonitas (de las pocas que sé) de decirle algo a alguien". Sin embargo, yo no estoy demasiado de acuerdo con esta afirmación, que bajo mi prisma peca de ser demasiado sentimentalista.

De todas maneras, y aunque seamos muy escrupulosos con nuestros recopilatorios, estoy convencido de que muy pocas veces la persona que los recibe se los toma en serio. Generalmente, si después de varios meses todavía no nos han dado su opinión sobre las canciones que les grabamos y les preguntamos, nos dirán: "No, aún no he tenido tiempo de escucharlo en serio" o "Sí, lo escuché el otro día mientras preparaba la comida, no está mal". Lamentablemente, es muy difícil encontrar a gente que comprenda la importancia que podemos llegar a darle al material que les hemos grabado con delicadeza y teniendo en cuenta todos los detalles. Por mi experiencia, podría decir que sólo una de cada diez veces que regalo un recopilatorio percibo un interés auténtico por parte de la otra persona y logro que durante una temporada sea su disco de cabecera. Pero aunque el porcentaje sea tan bajo, creo que en este sentido cualquier esfuerzo merece la pena.

Reflexión sobre los blogs

No hace mucho, J.L. Viruete escribía un artículo en el que hablaba de cosas que, a su jucio, estaban quemadas. Una de ellas eran los blogs. Aunque todo el artículo es recomendable -y pese a que su papel de aglutinador y trend-setter de los friquis es ya más que evidente, como demuestra por ejemplo el hecho de que un blog como El friqui, por otra parte muy entretenido, haya cambiado su nombre a El anti-friqui porque según Viruete la palabra friqui ya no mola-, el autor dice sobre los blogs algunas cosas con las que no estoy de acuerdo:

"Hace tiempo, cuando había unos 40 millones de blogs, la cosa molaba, pero hoy en día con unos 80 la cosa ya aburre un poquito (...) fueron cool durante un tiempo (...) Hoy en día ya se ha acuñado un término alternativo al manido 'blogosfera', la 'tontosfera', que denomina al montón de morralla que existe (...) tenemos miles de blogs que se actualizarán cada dos semanas durante unos meses y quedarán en el olvido. Durante ese tiempo, nos habrán colgado la letra de una canción de Nirvana, unas fotos de Yonkis de parecidos razonables y cuatro líneas dedicadas a lo que molaba Pumuki (...) eso de 'hey, pues yo tengo un blog' ya está más visto que el tebeo."


Jaaarl, yo leo Viruete y los blogs ya no molan. Boképacha!

Y con esta simple frase tenemos a cientos de friquis (¿se nota que a mí la palabra sí me gusta?) adictos a páginas como teacuerdas.com o a descargarse series de dibujos animados que dicen que los blogs ya no son cool y que están quemados. Pero mi visión del asunto es bien distinta. En primer lugar, no queda muy claro lo que en realidad critica Viruete. Parece que lo que critica Viruete es el blog como moda pasajera. Yo de lo que aquí voy a hablar es de los blogs en general. Y a mí no me cansan, sino todo lo contrario: me parece un fenómeno cultural sin precedentes, impactante y que va a tener -y ya está teniendo- una honda repercusión cultural.


Gracias a los blogs, hasta este señor puede dar a conocer al mundo su alma sensible y sus nociones de moda.

Podríamos decir que este fenómeno equivale a que cada uno tuviese en su habitación, en el espacio de su mesa de estudio, una imprenta desde la cual no sólo escribiría su propia revista, sino que además podría distribuirla en absolutamente todo el mundo. La posibilidad de que con ningún coste añadido más allá de la factura de Internet cualquier persona escriba su visión de las cosas -sea cual sea-, con una maquetación aceptable, imágenes y una facilidad pasmosa -poner un artículo a disposición de los demás cuesta poco más del tiempo que se tarda en escribirlo- es estimulante y asombrosa en su sencillez. La variedad cultural a la que esto da lugar no tiene precio: desde siempre ha habido una gran cantidad de gente con talento que no ha podido expresarse por no haber tenido la suerte de dar con los medios.


El blog del aventurero. Aunque Indiana Jones siempre llevaba su sombrero más limpio que este tipo.

Y entonces aparece una gran cantidad de personas anónimas que ponen a nuestra disposición sus conocimientos, sus modos de ver las cosas, con una habilidad y talento incuestionables, y nos enganchan a su pequeño espacio como el que cada mes se compra una revista porque le interesan sus contenidos. Sólo que esto, además, es gratis, y las dosis suelen ser varios posts por semana. La variedad es mucho mayor, tan amplia como personas hay. Nuestra cultura aumenta conociendo lo que nos dicen los demás y tenemos mucha más información sobre cualquier cosa.

¿Alguna ventaja más? Pues sí: el gran valor que tiene poder comentar cada artículo instantáneamente a su lectura, tantas veces como queramos: criticarlo, estar de acuerdo, aportar matices. La expresión se amplía a los lectores y la riqueza entonces es infinita. Ya sea leyendo blogs variados y apuntalados por una innegable cultura como Base Lunar, o las curiosidades pop de las que suele informarnos Frunobuland, o incluso constatando que la autora de El rinconcito continúa elaborando preciosistas truños de canto a Kundera o que el entrañable Ochobits.net prosigue en su descenso en picado hacia el fracaso. O también perdiendo el tiempo leyendo sobre lo mucho que molaba Pumuki. Ojalá todas las cosas que "ya huelen" fuesen como los blogs.

Por cierto, hecho de menos las críticas que antes solía hacer. Me parece que dentro de poco escribiré otra.

Sur de California, 1963

Coches, surf, cines al aire libre, playa, chicas, sol brillante, fiestas. Realmente, ¿fueron verdad alguna vez todos estos tópicos veraniegos? Pues sí. Y concretamente en el sur de California, en el periodo de 1960 a 1963. La auténtica fuente de este tipo de diversiones era la inocencia que imperaba por entonces entre los jóvenes, consecuencia de una calidad de vida más que aceptable y el auge de la por entonces reciente cultura juvenil, que empezó a surgir sólo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin lugar a dudas, un grupo musical destaca por encima de todos los demás como representante de esos tiempos: los Beach Boys, con Brian Wilson al frente. Jóvenes y agraciados, el núcleo temático de sus discos eran todos los tópicos que hemos enumerado al principio, asentados sobre una noción muy conservadora de la sociedad, ya que precisamente esa armonía sólo era posible desde una perfecta comunión con el entorno social. Y así, en algunas de las canciones se nos habla del "espíritu de América", o de que "debemos ser sinceros a nuestra escuela", es decir, entregarnos en cuerpo y alma a las instituciones que nos forman como ciudadanos.


Chicas, playa, juventud y surf: la época dorada de California.

El éxito de estos discos fue impresionante. Los jóvenes, por fin, habían encontrado a los portavoces adecuados para clamar con orgullo su estilo de vida. Los Beach Boys se hicieron célebres y Estados Unidos, de la noche a la mañana, se llenó de himnos al verano eterno. Pero en 1964 terminó la edad de oro. A este respecto, son muy relevantes las palabras de Joe Nolte, líder de The Last, un estupendo grupo californiano de pop de los años setenta:

"En aquella época, los Beach Boys estaban listos para ser el grupo más grande del país, y 1964 parecía prometedor. Pero entonces, los malditos Beatles golpearon. Ahora, para mí y muchos otros, los Beatles fueron una diversión necesaria después del horror del asesinato de Kennedy. Aunque lo que todos pensábamos era: 'Oh mierda, esto va a destruir a los Beach Boys'. Lo que, relativamente, sucedió."


California, 1963. Los muy ingenuos no sabían que la sombra de los Beatles estaba a punto de cernirse sobre ellos.

En efecto, los Beatles desembarcaron en Estados Unidos con el gran éxito de su canción I Want To Hold Your Hand. Empezó el periodo de la invasión británica, en el que por primera vez desde la aparición del rock Gran Bretaña influía en Estados Unidos, y con sus mismas armas: lo único que hicieron los Beatles fue acelerar el pop que ya existía y dotarlo, de esta manera, de una energía y frescura que enloqueció a una sociedad conmocionada, como bien dijo Joe Nolte, por el inesperado crimen de Kennedy. Los Beatles acabaron no sólo con los Beach Boys, sino también con el bueno de Phil Spector, un loco armado y peligroso pero artífice de canciones tan geniales como Be my baby. Todos los grupos autóctonos siguieron la estela de los cuatro de Liverpool. Brian Wilson no dejó de hacer grandes canciones, pero el periodo de reinado de los Beatles coincidió con el principio de su decadencia mental, de la que no resurgió hasta finales de los ochenta.


Sí, en aquella época en California también había friquis como éste.

Por otro lado, los veranos californianos de sol, surf y olas fueron dando paso al progresivo avance de la música y la cultura juvenil hacia la psicodelia. Los surfistas perdieron fuelle y desaparecieron entre las pandillas de melenudos que proclamaban la paz y el amor libre. Podría decirse que los Beatles terminaron con la inocencia y que ya nada volvió a ser lo mismo. Hay una estupenda película de John Milius, El gran miércoles, que explica perfectamente todo este proceso, encarnado en un grupo de amigos surfistas.


No es una peli de gays, sino de surf y amistad.

He escrito este artículo porque desde hace unos días estoy enganchado a la última y típica recopilación de los Beach Boys que aparece cada verano, sólo que ésta es bastante mejor que todas las anteriores: consta de tres CD y abarca prácticamente todo el espectro de la historia del grupo. Es absolutamente recomendable porque demuestra que, tras la imagen de canciones ligeras de surf que suele dar su música, se encuentra una de las producciones musicales más brillantes de la segunda mitad del siglo XX. Si no los conocéis, escuchadlo porque es fácil que sus infecciosas melodías cambien vuestra vida. El recopilatorio se titula The Platinum Collection, y es fácilmente descargable por cualquier P2P, pero no lo hagáis porque así acabaréis con la música y, como dice ese gran poeta que es Manolo García, cuando bajamos una canción de Internet lo que en realidad estamos haciendo es robarla.

Tebeos de terror

He tenido unos días de vacaciones y he disfrutado como un enano con la lectura de los dos primeros tomos de la reedición que Planeta deAgostini ha hecho de los clásicos de terror de la EC. Aunque creo que estos volúmenes (en una edición sencilla, aunque cuidada y de calidad) ya aparecieron el año pasado, hasta ahora, que vuelven a salir desde el número 1 (los cuatro primeros al precio de dos por uno, 4,5 euros), no me he acercado a ellos.



La EC (primero Educational Comics, para luego cambiar por Entertaining Comics) fue pionera en la publicación de "tebeos para adultos" a principios de los años 50. Sus revistas de terror agrupaban en cada número cuatro historias, todas ellas con el mismo esquema: un personaje fijo y con un tono sarcástico presenta la historia y la narra. Las historias son autoconclusivas, no repiten nunca personajes y tienden al final sorpresivo. Este esquema disfrutó de un enorme éxito más o menos hasta mediados de los años cincuenta, cuando surgió en Estados Unidos una polémica por el contenido escabroso de estas historias (un psicólogo, Fredric Wertham, se hizo tristemente célebre por la publicación de su libro "La seducción de los inocentes", en el que de una manera sesgada y populista llegaba a la conclusión de que los tebeos de terror podían tener un efecto perverso sobre los niños). Asociaciones de padres, entidades gubernamentales y estudiosos de pacotilla se lanzaron al bulto contra EC Comics, ante la pasividad de un público que hasta entonces se había entregado a sus publicaciones, y que no hizo nada por defenderlas. Al final el asunto fue resuelto desde la propia industria del tebeo, que pese a la contraposición de EC, decidió crear un código, el "Comics code", y por lo tanto autocenturarse a sí misma. El código proponía cosas tan disparatadas como que el bien venciese siempre sobre el mal, y se prohibía la palabra "horror" o "terror" en los títulos o la aparición de zombies u hombres lobo. Los tebeos que no llevaban el sello del Comics Code, aunque no eran ilegales, fueron rechazados por las distribuidoras y los puntos de venta, que no querían verse envueltos en la polémica. EC se vio obligada a cerrar la mayoría de sus colecciones y, de esta manera, quedó borrada de un plumazo toda una corriente de creatividad y arte que, sin embargo, no dejó de influir a lo largo de los años.



En cuanto a los efectos negativos de los tebeos para adultos sobre los niños, me gustaría hablar de lo que me ocurrió a mí. De niño pude acceder a una gran cantidad de tebeos para adultos que compraba mi padre: devoraba sin cesar Creepys, 1984, Cimocs, Cairos y otras revistas por el estilo. Lejos de convertirme en delincuente, estos tebeos, además de insuflarme un amor por los cómics que aún se mantiene vivo, me proporcionaron una especie de mundo paralelo que enriqueció mi infancia y que, por entonces, me hizo feliz. Mi imaginación se desbordaba ante esas historias de aparecidos, vampiros y asesinatos macabros.



Por eso leer estos tebeos me ha emocionado, ya que han hecho que me acerque a una historia de terror con una ingenuidad similar a la de aquellos días. No hay que perderse tampoco las otras colecciones de Planeta dedicadas al resto de las temáticas de la EC: historias bélicas, ciencia ficción y suspense. Es lamentable que la estupidez moral acabara con estos tebeos, pero resulta aún más triste ver que hoy día este tipo de actitudes se reproducen ante cualquier muestra de talento, imaginación o criterio creativo.

Old people

Normalmente considero que España es muy cutre, pero está claro que hace unos años era peor. Y los residuos más evidentes que quedan de aquellos tiempos son los viejos. La mayoría de nuestros viejos son del todo detestables: pesados, incultos y faltos de sentido común. Interactuar con ellos es muchas veces una tortura, especialmente en los lugares que ellos consideran su gueto, el territorio en el que por leyes no escritas tienen más derechos, a su parecer, que el resto de los estratos sociales.


Te voy a dar tu premio por haberte conseguido colar en el médico.

Es el caso, por ejemplo, de los ambulatorios. El 90% de los pacientes son viejos de la peor calaña, y atestan la sala de espera porque les gusta pasar allí la mañana por hacer algo. Como se aburren en su casa, y puesto que es común en ellos una agonía egoísta que no saben dominar, suelen aparecer una hora antes de la hora de visita que tienen asignada. Eso hace que las salas estén enseguida repletas de viejos que hablan de sus dolores. Pero hay casos peores, y lamentablemente no infrecuentes. Un viejo consiguió que desde que él llegó a la sala, todo el mundo -incluido yo- esperase su visita justo al lado de la puerta del médico. ¿El motivo? Sus claras intenciones de colarse en cuanto tuviera la posibilidad, algo totalmente factible a pesar de que la lista de espera tiene marcado un orden claro, si el viejo es un liante y el médico prefiere hacerlo pasar a discutir con él. Y tampoco es raro que vayan allí ya directamente sin hora de visita, confiando en la benevolencia del médico. Esta agonía es, además, bastante absurda si uno se pregunta qué cosas tendrá que hacer un pensionista a lo largo del día que le empujan a querer ser siempre atendido el primero.

Peor aún son los transportes públicos. La educación brilla por su ausencia en cuanto se reúne un grupo de viejos, que empujan, insultan y se ponen de los nervios en cuanto se suben a un autobús o a un tren y tienen que conseguir un asiento. Consideran los transportes públicos como algo de su propiedad, así que no se cortarán a la hora de estirar el brazo y plantarlo en la cara de cualquiera para abrir una ventanilla, empujar y atropellar para entrar o salir rápido, o incluso imprecar a alguien porque no les cede el asiento. En los transportes públicos hay miles de ejemplos de su agonía característica: cuidado con levantarse para dejar salir a quien está a nuestro lado, porque enseguida podremos ver a un viejo que, ignorando que hacemos ese gesto por cortesía, irá clavado hacia nuestro asiento para ocuparlo. Y también ojo con los viajes a larga distancia en tren. Aunque los asientos están perfectamente numerados, ellos seguirán adoptando la mecánica del autobús y colapsarán los pasillos y generarán nerviosismo y crispación para ocupar un asiento que ya les pertenece. Además no hay nada peor que un tren se detenga mucho rato por un motivo indeterminado: los viejos comenzarán a imprecar primero contra los trabajadores; luego, contra Renfe; luego, contra el Estado. Y harán insoportable una espera ya de por sí irritante.


Viejo endomingando dando los últimos retoques a su endomingamiento.

Y aparte, son sucios. No tienen sentido de la higiene. En los clubs sociales de ancianos, es necesario colgar carteles en los lavabos donde se pide que no escupan en el suelo. Es común el ejemplo de viejo endomingado que deja a su paso un olor que es mezcla de colonia y de sudor de tiempos inmemoriales. O el aire rancio que levanta una señora en su camino excitado hacia la caja del supermercado. Con esto termino el artículo, deseando tener la habilidad suficiente para no ponerme a esperar nunca en una cola que tenga a un viejo antes que yo. Inevitablemente, la cola se detendrá en cuanto le toque su turno, porque van muy lentos, son suspicaces y preguntan mil veces por cualquier tontería y, en definitiva, no se enteran de nada.

He creado una obra de arte

¿Con qué toca meternos hoy? Pues vamos a hablar de Carlinhos Br... ah, no, que atacar a este tipo ya está bastante quemado y es aburrido, predecible, cansino y hasta detestable. Mejor nos dedicaremos a una clase de individuos que se dedican a lo creativo, a hacer arte, y que son habilidosos en su faceta, pero que llega el día en que pierden el norte y se deciden a crear ya no sólo su obra maestra, sino un tótem de la humanidad. Pretenden ser recordados para siempre y que su obra brille entre las estrellas de la civilización, junto a los versos de Dante, las pinturas de Van Gogh y las partituras de Mozart. Quieren que la gente, al contemplar sus creaciones, duden si son obra de una persona o de un dios. Pero lo único que consiguen es una mierda como un piano.


Luis Cobos, personaje capital en la historia de la música.

Brian Wilson

Mago del pop, compositor fuera de serie, muchas de sus melodías permanecerán en el imaginario colectivo a través de los siglos. Después de una brillante etapa surfera, al mando de los Beach Boys (¿quién no recuerda canciones como Surfin' Safary, I get Around o Good Vibrations?), y de un impresionante disco de pop que logró inmediatamente alabanzas unánimes, y que siempre se cuela en los primeros puestos de las listas de los mejores discos del siglo XX (nos estamos refiriendo, obviamente, a Pet Sounds), pensó que había llegado su momento. Fue consciente de que sus canciones eran muy buenas, de lo mejor de aquellos años sesenta, y de que la belleza etérea y cristalina que rezuman provocaba -y sigue provocando- en sus oyentes un éxtasis estético inigualable. Por eso mismo, después de varios empachos de tripis y de incluso creer haber visto a Dios en una librería -en uno de sus viajes psicodélicos-, decidió componer su obra definitiva. En sus propias palabras, quería "crear sinfonías adolescentes para Dios", es decir, conseguir mediante el pop un canto a Dios que sublimara al hombre y lo convirtiese en una entidad superior.


Smile, ese álbum mítico (uys, el adjetivo "mítico" también está un poco quemado, ¿no?)

Y entonces se puso manos a la obra con su disco Smile. Estaba dividido en cuatro movimientos, como la música clásica, y cada uno de ellos correspondía a un elemento: tierra, aire, agua y fuego. Antes de grabar una canción, rezaba con su equipo en el estudio para lograr una sintonía absoluta con las fuerzas del más allá que le empujarían hacia la perfección. Y por supuesto, nunca logró terminarlo. Smile se convirtió en un disco fallido, en un negocio funesto para la discográfica, ya que Brian gastó enormes cantidades de dinero en grabar algo que nunca adoptaba la forma definitiva. El proyecto fue desestimado y los Beach Boys continuaron grabando discos apreciables, aunque Brian Wilson terminó por perderse durante varios lustros en las redes de la esquizofrenia y de la confusión mental. El disco inmediatamente adoptó la categoría de obra de culto, y circuló en múltiples versiones pirata hasta que hace poco fue regrabado y reeditado. Su estatus de mito salió por fin a la luz pública y logró la condescendencia de revistas tan rigurosas y con tanta personalidad como Rock de Lux.

¿Y qué puede opinarse tras la escucha de Smile? Pues que es normal que nunca fuera publicado, y que si se ha hecho ahora ha sido por intereses puramente económicos. Smile no pasa de ser un gazpacho indigerible de psicodelia, tripis y explicaciones cósmicas, una aburridísima diarrea mental sólo apta para estómagos potentes. Canciones alargadas sin sentido que a veces rozan el rock progresivo, el discurso divagativo sobre dios y el mundo de un artista cuya vida personal ya entonces caía en picado. En definitiva, un truñazo inaguantable. Pero ahora muchos lo consideran una obra maestra.

Neil Diamond

En su primera época, Neil Diamond fue un compositor dotado e ingenioso que supo crear canciones que derrochaban romanticismo, sensualidad y sofisticación. Entre ellas, por ejemplo, Sweet Caroline, Solitary Man o Girl, You'll Be A Woman (famosa por la versión que de ella hicieron Urge Overkill para la película Pulp Fiction). Desgraciadamente, Neil Diamond también comprendió que debía alcanzar algo más. Muy seguro de sus capacidades, a principios de los setenta creyó que ya era hora de convertirse en un artista "con personalidad". Empezó a introducir elementos étnicos en sus canciones porque quería investigar su mundo interior, lo que le valió varias reprimendas de las discográficas (que por entonces aún tenían razón algunas veces).


La portada del disco es el vivo reflejo de lo que encontraremos dentro: reflexión, poesía y libertad. Creo que Serrat tiene unas cuantas así.

Y entonces llega su oportunidad, cuando le encargan la composición de la banda sonora de la película Juan Salvador Gaviota, basada en la novela del mismo nombre: un texto de Richard Bach lleno de metáforas sobre la libertad, el individualismo y cosas por el estilo, apto sólo para gente impresionable y fanáticos de El principito que buscan esa clase de libros que dicen verdades sobre la vida. Neil Diamond sabía que no podía hacer algo tan sencillo como simples canciones pop, que tenía que desarrollar definitivamente su estilo. Y confeccionó un infumable disco lleno de musiquilla "de relajación", con pretensiones de profundidad y susurros sobre el vuelo y la libertad. En todo momento, el disco parece estar diciendo: "¡Guau! Esto sí que es una obra de verdad, soy un genio que le canta a los espíritus libres". Y efectivamente, el disco es útil si se padece de insomnio o si se quiere indagar sobre los límites de la paciencia del ser humano. Como no podía ser de otro modo, tuvo un éxito acaparador y Neil Diamond se forró con el dinero de los progres, seudojipis y otra gente ávida de coartadas culturales. Y este disco fue un motivo más para dejar de escuchar al bueno de Neil en toda su obra posterior a 1973.

Los Canarios

Realmente éstos no deberían figurar aquí, ya que nunca hicieron algo más o menos potable, pero me apetecía hablar de ellos porque parieron uno de los discos más infectos, aburridos y ridículos en su pretenciosidad de toda la historia. No hay que olvidar que uno de los miembros de este grupo era Teddy Bautista, presidente de la SGAE, experto en discursos catastrofistas sobre Internet y el fin de la música. Y después de escuchar Ciclos, la obra maestra de su grupo, se llega a la conclusión de que eso, acabar con la música, era lo que realmente deseaba Teddy.


¡Os tengo dicho que no os bajéis Mp3! Todavía puede quedar algún incauto que compre el Ciclos.

Ciclos fue publicado en 1974, año de apogeo del rock progresivo y de vomitona final de toda la parafernalia psicodélica y culturalista. Al igual que Smile, este disco se divide en cuatro movimientos, cuyos nombres no tienen desperdicio: Primer Acto, Segundo Acto, Tercera Transmigración y Cuarta Transmigración, cada uno de ellos en torno a los 20 minutos (aunque no hay testimonios de que alguien haya escuchado los 80 minutos enteros, o al menos que haya sobrevivido para contarlo). El disco en realidad es una versión rock de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, porque ellos hacían música seria y debían acudir, cómo no, a los referentes de la música clásica. En este festín de pedantería y milenarismo, entre voces de ópera, solos de guitarra interminables y explicaciones sobre el bien y el mal, la vida y la muerte, el cielo y el infierno, la ciencia y la naturaleza, y todo lo conocido y por conocer, asistimos a un hito en la historia de la estupidez. Pondría alguna de las letras, un pastiche de ciencia ficción y misticismo baratos, pero hace tiempo regalé el disco y nadie (aunque parezca imposible) se ha animado a copiarlas en Internet.

Dedico este artículo a mi amigo Jorge, que quería actualizar el mito de Ícaro en una trilogía de novelas, de las cuales cada una sería un homenaje a una etapa distinta de la literatura española del siglo XX.

Operación Triunfo

Casualmente, mientras veía la tele, me he encontrado con que hoy empezaba la nueva edición de Operación Triunfo, de previsible éxito después de un año de descanso y de que haya pasado a manos de Tele 5. En su anterior etapa con Televisión Española, el producto había quedado agotado en tan sólo tres ediciones. De hecho, la última edición había sido todo un despropósito: una feria de monstruos -¿a quién se le ocurrió juntar a tanto feo?- de la que nadie recuerda ni siquiera al ganador. De la segunda etapa tampoco se acuerda nadie demasiado, y la primera nos aportó una de las desgracias culturales más lamentables de los últimos tiempos: el inefable David Bisbal.


Juan Camus. La verdadera estrella.

Es significativo que el programa se llame "Operación Triunfo", título en el que no destaca por ningún lado su vertiente musical, sino la idea de fama, de dinero, que es todo lo que signica el éxito en un país que rebosa tanta cultura como España. Estoy harto de la gente que dice que "esto es mejor que Gran Hermano porque al menos, cantan". En realidad es lo mismo, sólo que peor, porque encima usa coartada artística. No puedo concebir que "cantante" sea un tipo o tiparraca de voz potente que hace gorgoritos cada dos por tres, y cuya mayor idea de "cantar con sentimiento" es sonreír, llevarse un puño al pecho y mover la cabeza de lado a lado mientras abre los ojos como platos. Obviamente, el asunto no pasa de ser un montaje comercial, trufado de jueces -normalmente altos capos de las discográficas- que con mirada severa, como para darse autoridad, juzgan lo injuzgable, porque todos esos individuos cantan más o menos igual de mal, con la misma carencia de estilo y personalidad que se le suponen a cualquiera que pretenda estar haciendo arte. Pero de alguna manera hay que justificar el programa.


Enrique Anaut. Un incomprendido.

Es curioso observar las actitudes de los participantes. Su idea de la vida y del éxito está absolutamente distorsionada por el gran engaño del programa. En realidad son unos completos inútiles, ya que poco más saben hacer aparte de los gorgoritos, pero ellos tienen grandes sueños de lujo, fama y conciertos multitudinarios. El programa les exprime mientras dura la edición, que es cuando se obtiene beneficio con las audiencias y con los cd's recopilatorios de las "galas". Después sacarán como mucho un disco, si tienen suerte, para hundirse a continuación en el olvido y en el fracaso. Afortunadamente, Bisbal sólo hay uno. No me suena que la presencia de alguno más de los "triunfitos" (término ideal para retratar sus excelsas capacidades mentales) se haya prolongado tanto en el tiempo. Por eso me parece tan patético ver llorar a uno de estos jóvenes, tras ser eliminado, porque ya no podrá "cumplir su sueño".

Yo siempre he sido fanático de los friquis de estos programas, producto de las salidas de madre de los encargados del casting y de una conjunción astral insólita que ha permitido que se mezclasen con tanta gente... normal. Mis participantes ideales han sido Juan Camus, Enrique Anaut y Mai Meneses. No me tragaría ni una sola canción de ellos, pero admiro su actitud de outsiders y de infrarreconocidos, son la escoria de estos programas y nunca duran más allá de la primera eliminatoria. Y aunque esta edición acaba de empezar, ya hay dos que sobresalen en este sentido:



Este tipo es informático. Tiene toda la pinta, de hecho me pregunto qué hace ahí dentro. Debería esperar a "Operación Star Wars" o algo así.



Y éste me cae bien porque ha salido a cantar con una camiseta de Jimmy Hendrix: la primera vez que veo que una reminiscencia a la música de verdad se cuela en este engendro de programa.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

¿Qué es un friqui?

El término friqui lleva al menos un par de años poniéndose de moda, gracias a que ha sido usado sistemáticamente desde determinados programas de televisión para referirse a esas personas extrañas que hacen un espectáculo de sí mismas. Proveniente del inglés freak, en español sólo se aplica su significado de "bicho raro", aunque como todos los términos de moda, a veces es muy difícil especificar qué clase de individuo es merecedor de llevar esta etiqueta o en qué ámbito concreto puede utilizarse. Con este artículo intentaré definir qué es para mí un friqui, y en qué casos considero que puede aplicarse el nombre y en cuáles no.


Soy tan friqui que hasta me sale una aureola.

De entrada, diré que para mí especímenes como Tamara Seisdedos -o como se llame ahora-, Leonardo Dantés, Paco Porras y toda esta clase de personajes habituales de la sección de Javier Cárdenas no son friquis, sino como mucho payasos o caraduras, de la misma manera que lo son cualquier participante de Gran Hermano o programas afines, cualquier persona del famoseo o cualquier "periodista" que se dedica a vivir de la incultura generalizada que impera en España. Un friqui es un fenómeno puramente auténtico, que no exagera rasgos de su forma de ser para resultar más provocativo o para obtener beneficio de ello, sino que simplemente es como es. Y no nos equivoquemos: tampoco es un friqui aquella persona de conductas muy personales, como por ejemplo no ducharse demasiado, vestir de forma rara, ser un fanático de los tebeos o la ciencia ficción o irse a dormir cada día a las ocho de la noche, ya que entonces, en todo caso, hablaremos de un excéntrico, ni tampoco la que simplemente se caracteriza por ser muy fea, o muy baja, o muy gorda, o muy peluda. El friqui puro escapa a todas estas nociones.


El friqui de biblioteca: "¡Oh Dios, acaba de entrar, qué guapa es! ¿Se habrá fijado en mí?"

En mi opinión, un friqui es un inadaptado, y no nace, sino que se hace. Es aquel adolescente que no ha sabido hacer frente a la manía de sus padres de vestirle con la ropa de cuando ellos eran jóvenes, o aquella chica tímida, callada y poco agraciada que, al no tener nada que destaque frente a los demás, pasa de puntillas de curso en curso sin ser apenas conocida. Un friqui no tiene por qué serlo a lo largo de su vida, sino que es probable que esta circunstancia se dé sólo en una determinada etapa y que después sepa cambiar. De hecho, un rasgo característico de los friquis es que son conscientes de su situación y la viven con indignidad, avergonzados de sí mismos y con fuertes problemas de autoestima. Esto hace que su círculo social sea muy estrecho o que, como mucho, se limite a uno o dos amigos igual de friquis que él, de los que se acompaña por no estar solo y a los que dejaría atrás gustosamente, porque un friqui jamás está contento de su estado y lo cambiaría si tuviese las habilidades necesarias para ello.

De esta manera, normalmente adoptará una postura de amor-odio hacia el resto de la sociedad adaptada. Por un lado los odia, ya que se siente rechazado y ridiculizado por ellos, pero por otro los admira, ya que le gustaría acceder a ese mundo de relaciones y vivencias abundantes. Pero mientras todo el mundo está en la discoteca, o va a la playa en grupo para celebrar el fin de curso, o se reúne en la casa de alguien que organiza una fiesta de cumpleaños, el friqui está solo, porque nadie se ha acordado de él, y no tiene planes más allá de quedarse en casa viendo la tele, jugando a la consola o leyendo tebeos mientras alimenta su rencor.


Jamás me invitaron a ningún cumpleaños, pero eso no me ha impedido ser feliz.

La evolución de un friqui puede ser muy variada. Es posible que el rencor le lleve a extremos patológicos de autodestrucción o de odio hacia los demás. También puede ocurrir que sepa desarrollar las habilidades necesarias para integrarse en su entorno y que consiga cambiar, con lo que normalmente renegará de su anterior etapa, o que transforme esa inadaptación en un caudal de imaginación artística. O, por otro lado, es igualmente posible que se dé cuenta de que le satisface su estilo de vida y que sepa ajustarlo a las circunstancias de una manera que le haga féliz y sin perder sus señas de identidad. Son múltiples los caminos que sigue un friqui a partir de las tensiones que produce en su propia autoestima el rechazo del exterior. El estigma del friquismo es duro, similar al de los leprosos en la Edad Media. Nadie quiere estar con un inadaptado, puesto que no conduce a nada que no sea convertirse en lo mismo, un símbolo vivo de fracaso social.

La noche de San Juan

A primera vista, la noche de San Juan puede parecer uno de los momentos punteros del año: a las puertas del verano, el carisma de una celebración pagana, con fuegos y artificios, y con la libertad de las obligaciones cotidianas a unos pocos pasos, es quizá para muchos un momento insuperable y lleno de promesas. Y así es, pero no nos olvidemos de que esa misma celebración, la noche del 23 de junio, da lugar a una congregación de berzotas, garrulos y otros seres por el estilo que se juntan para sentirse realizados por una noche al año.


¿La noche de las brujas? No. La noche de los garrulos.

Un elemento indispensable en San Juan son los petardos. La semana antes, se abren a lo largo de la ciudad casetas expendedoras de toda clase de artilugios pirotécnicos, y se forman largas colas de críos ansiosos por adquirir las típicas burbujas y bengalas, de padres que acompañan a sus hijos para, con una irresponsabilidad ajena a cualquier tipo de sentido común, comprarles petardos sólo disponibles para mayores de dieciocho años, y de gañanes sin más, de cualquier edad, que van allí a hacerse con un arsenal completo y ruidoso con el que dar rienda suelta a su estupidez la única noche del año en que tienen coartada para hacerlo.

Días antes de la víspera de San Juan ya hay numerosas señales de lo que se avecina. Espontáneamente escucharemos desde la calle bombas de relojería estallando con un estruendo del demonio, y que nos producirán una curiosa mezcla de sobresalto con indignación, el mismo tipo de ira que nos asalta cuando en un momento de tranquilidad, o de concentración, escuchamos una moto con el tubo de escape trucado. Pero bueno, se acerca San Juan y tenemos que ser comprensivos.


¡Guau papi! ¡Qué pasote! ¿Me lo compras?

Lo malo es que la gente aficionada a este tipo de cosas, en su mayoría, no es tan respetuosa con aquellos que no comparten su hobby. De este modo, veremos insuperables ejercicios de mongolismo, sofisticadas y peligrosas idioteces cuyo único fin es causar los mayores estropicios posibles: desde gente introduciendo petardos encendidos en botellas de cristal, papeleras o contáiners cerrados hasta insensatos lanzándoselos unos a otros. Y esto sin contar todos los inventos posibles a los que puede dar lugar un alto grado de gañanería, algo que, por otro lado, en nuestro país no falta. Así que es probable cualquier tipo de invento de animal callejero + petardo, por no hablar de esa especie de ruleta rusa infantil que se puso de moda cuando yo tenía quince años: cuatro o cinco chavales se ponen en fila y sostienen un petardo de los llamados carpinteros entre los dientes, otros se encargan de encenderlos al mismo tiempo, y el juego consiste en que gana quien lo escupe más tarde. Recuerdo cierto día en el que reventó el labio superior de un chico y a otro le volaron los dientes que sujetaban el petardo.


A ver. ¿Quién es el primero en ponérselo en la boca?

La noche de San Juan ya es la apoteosis de los garrulos. Como hemos dicho antes, acostumbrados a tener que moderar su brutalidad y primitivismo, por fin encuentran una oportunidad para ejercer sus ansias de caos. Caminar por la calle se convierte, para las personas normales, en algo peligroso. Es común ver a inconscientes lanzando en horizontal esos cohetes con palos, calle abajo, quizá en busca de algún ojo. O a individuos que arrojan petardos desde los balcones de su casa. O a niños manipulando misiles a pequeña escala -especialmente los absurdos chupinazos, que funcionan por fricción-, por la gracia de sus padres, que creen que la ley que impide esta clase de pirotecnia a los menores es una tontería, hasta que su hijo regresa a casa con la mano hecha fosfatina y entonces piensan en imponer denuncias a la casa fabricante. Pero especialmente lamentables son esos energúmenos mayores de edad, que circulan por la calle con su bolsa de artefactos colgando de una mano, que se sitúan en una plaza y que lanzan alguno de sus petardos sin pensar en que quizá a los demás les molesta la explosión, peligrosamente cercana, y que, una vez concluida su peculiar obra de arte, esbozan una sonrisa de "qué gamberro soy, pero qué le vamos a hacer, es San Juan, así que no me digáis nada" y marchan para ceder su sitio a otro especimen de iguales características.

San Juan me gusta en espíritu, pero no en lo que realmente supone: una exhibición de gañanería pura, de chimpancés que, una vez al año, tienen vía libre para ejercer sin problemas sus impulsos animales.

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