MIS OBSESIONES

El blog que se ríe gratuitamente de los estereotipos

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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.

02/08/2005

Metrosexuales contra feos

El año pasado se puso de moda un término que actualmente ya no pega tanto, pero sí las actitudes que implica: metrosexual. El metrosexual era un joven que rondaba la treintena, independiente y de alta solvencia económica, que se preocupaba casi de manera obsesiva por su aspecto: aficionado a la ropa cara, a las cremas y ungüentos corporales y a los peinados a la última moda. El icono cultural de este "movimiento" no era ni más ni menos que David Beckham: un jugador de fútbol más o menos aceptable, pero que no destaca por nada más aparte de por ser guapo. Es ídolo allá donde va, simplemente por su imagen (¿o acaso alguien le ha oído alguna vez decir algo?).


Adoramos a Beckham... Y somos.... eeem... metrosexuales.

Metrosexuales los ha habido siempre, sólo que se les ha llamado de otra manera. Desde el siglo XIX ha habido profusión de dandys entre los jóvenes: es decir, tipos también obsesionados por vestir bien y a la última y por mantenerse eternamente bellos. Y de hecho, una de las mejores novelas que se han escrito nunca, y que analiza y reflexiona sobre la metrosexualidad mucho antes de que ésta existiese como término, es American Psycho. Bret Easton Ellis señala sin concesiones lo vacío, mediocre e insustancial de este tipo de vida al que parece que últimamente aspira casi todo el mundo.


¡Si sigo esta dieta marcaré abdominales!

Unos estudios recientes -aunque desconozco su fiabilidad- señalan que España es el país de Europa donde se realizan más operaciones estéticas al año. No me extrañaría que esto fuese así. Desde el medio de comunicación más importante hoy día en este país, la televisión, se nos vende cada día la belleza física como modelo perfecto de aceptación social. Si se quiere estar integrado y conseguir la fama, hay que ser guapo, ir al gimnasio y gastar mucho dinero en ropa, cremas y perfumes. No importa lo zoquete, inculto o mala persona que uno sea, porque estos parámetros no entran en juego. La cultura no es cool. No hay más que dar un repaso a la parrilla televisiva para constatar este hecho. Me atrevería a decir que las cadenas privadas, cuya única función social es la de ganar dinero, dedican menos de un 5% de su programación a algo que no sean las estupideces.


Papá... quiero ser famoso, como los de la tele.

Cuando hablo de estupideces me refiero a la idea distorsionada del mundo con la que se nos avasalla. Un mundo de gañanes que descuidan cualquier otro factor distinto del ser guapo. Que bailan con las absurdas modas musicales que se suceden unas a otras y que invaden los politonos de los móviles. Que aspiran a la fama sin más, aunque esto equivalga a convertirse en un payaso que hace un espectáculo de su intimidad. Que usan cremas faciales porque alguien de la tele lo hace, que se compran un cinturón blanco porque Jesús Vázquez el otro día lo llevaba, o que se rapan la cabeza al cero porque Beckham también se la ha rapado y él es el tío más molón de todos.


Estoy ensayando la mirada de Jesús Vázquez... En la disco todas caerán a mis pies.

Me siento afortunado cuando veo que mis héroes son muy distintos. Mis héroes no son Beckham, ni cualquier concursante de Gran Hermano, ni tampoco ningún cantante sudamericano. Por el contrario, me siento más afín al tipo que en mi pueblo está cada día comiendo solo en el mismo sitio, con el pelo enmarañado y descuidado, en pantalones cortos, calcetines negros y sandalias, y cascándose él solito una botella de vino. O al individuo que viste siempre los mismos tejanos cutres, la misma camiseta negra y el mismo pelo peinado de lado intentando camuflar su calvicie, que no le importa que las chicas de su trabajo se rían de él. Tal y como están las cosas, es como para que cada día que pasa uno se sienta feliz de ser feo de cojones.

02/08/2005 17:01 #. Hay 9 comentarios.

06/08/2005

Happy Loosers

Cuando uno empieza a interesarse de verdad por lo que han hecho los demás, ya sea en cuanto a música, cómics, discos o cualquier otra cosa, le entran muchas ganas de emularlos y lograr algo semejante. Me pasó en mi infancia con Richard Corben y Edgar Allan Poe; en mi adolescencia, con Stephen King y J.D. Salinger. Y ahora mismo, con demasiada gente como para poder citar sólo un par de nombres.


Mi referente es Ferran Adrià. Es un tío guay.

Reconozco que me quedo sorprendido con mucha facilidad. Me encanta la sensación etérea y estimulante de acabar de experimentar algo especial, distinto, que ha marcado un hito en el trayecto de mi vida. Muchas veces uno no sabe cuánto le ha afectado una película, un libro o un disco hasta que pasados los días empieza a comprender que, inconscientemente, los tiene de manera permanente en la cabeza. Que, sin percatarse, saborea su regusto con deleite y parsimonia. No tardaremos en proclamar a los cuatro vientos nuestro descubrimiento y en buscar a cómplices de nuestra fascinación. Sin embargo, en ocasiones veremos que nuestro entusiasmo topa con la indiferencia más absoluta.


Tío, con este tipo de fotos no se triunfa. Mejor sería poner un cómic de Calvin y Hobbes.

Esta indiferencia puede llegar a ser terrorífica. Que se lo pregunten, si no, a Carl Rusk, un talentoso compositor de pop que abandonó la música tras dos canciones brillantes que no tuvieron ningún tipo de repercusión. O a Lovecraft, cuya popularidad en vida nunca fue más allá de un estrecho círculo de admiradores. O a ese tipo gordito y con gafas del instituto, lleno de cultura y de experiencia intelectual, al que casi nadie tuvo en cuenta porque no era enrollado. Incluso el talento hay que saber venderlo y es preciso darle la forma necesaria para que sea más accesible. Pero la mayoría de estas personas se vuelcan en sus obsesiones sin tener en cuenta nada más.


Carl Rusk: en tu día no te escuchaba ni tu padre. Hoy eres el ídolo del autor de un oscuro blog.

No son egocentristas ni les mueve el afán de protagonismo. Ya hay demasiados esnobs que critican la fama y el reconocimiento como algo mediocre, y que para destacar adoptan la pose de incomprendidos. El perdedor auténtico no se molesta en querer ser un outsider, un "librepensador" de medio pelo. No quiere ser un referente de nada, no es complaciente ni se congratula a sí mismo por su éxito, no pretende que lo adoren, es más, algo así lo detesta y le incomoda. Necesita el feedback de los demás simplemente para calibrar hasta qué punto ha logrado sus objetivos, en qué medida lo que ha hecho tiene el valor que él suponía. Con humildad, busca señales que le indiquen si lo está haciendo bien. Y también es ésta la trampa que le lleva a la condena: no se esfuerza en aparecer cada dos por tres en la foto y por lo tanto difícilmente llamará la atención.


Escogí a mi novia por sus bellísimos valores personales.

Mi más sincera admiración para esos escritores que terminan dos relatos brillantes y que no vuelven a escribir porque nadie les dice nada; para esas bandas que abandonan después de que a sus conciertos no acudan más de diez personas; para esos dibujantes de cómics que aparecen fugazmente en un oscuro fancine para luego desaparecer. Es posible que, con el tiempo, el sedimento de lo que han hecho genere un merecidísimo e imborrable culto hacia ellos, aunque apenas lleguen a disfrutarlo. Y por supuesto, mi más honesto aborrecimiento hacia los buscadores de la fama fácil, hacia los que se recrean en el éxito como medidor de sus cualidades personales. Lo único que puedo decir es que el tiempo se encargará de que en unos pocos años nadie, ni siquiera los que una vez los tuvieron como iconos, se acuerde de ellos.

¡En fin! Llegaron mis vacaciones, y voy a tomarme un descanso que alcanzará hasta bien avanzado agosto. Después de unos meses, puedo decir que me lo he pasado en grande escribiendo este blog pero que aún no tengo claro si continuaré. En cualquier caso, muchas gracias a todos los que os soléis pasar por aquí para leer estas pajillas mentales. Buen verano y... ¡a divertirse!

06/08/2005 06:01 #. Hay 7 comentarios.

26/08/2005

Pere

Pasa todo el día solo. Es fácil coincidir con él, a lo largo del día, en cualquiera de los restaurantes o bares que abundan en el pueblo. Muchas veces, mientras tomo el aperitivo, lo veo entrar, sentarse en una mesa y comer el menú del día mientras da cuenta de una botella de cava. Hasta entonces, ha estado desde las diez de la mañana recorriendo los bares y bebiendo cerveza sin parar. Nunca le acompaña nadie y no hace el menor esfuerzo por comunicarse, más allá de pedir a los camareros.


Me fastidia que engendros como éste sean el prototipo de prestigio social.



Su aspecto es bastante peculiar. De unos treinta y cinco años, bajito, con una barriga importante y unas melenas negras descuidadas y grasientas, también le caracterizan unos pantalones de gimnasia cortos rematados con unas zapatillas de estar por casa y unos calcetines negros estirados a lo largo de la espinilla. Aunque su ruta de bares a lo largo del día es inexorable, y aunque su condición alcohólica cuando llega la noche debe de ser considerable, nunca le he visto molestar a nadie. Se limita a mirar al infinito, fumar un cigarrillo y terminar con su cerveza, sabiendo que aún le quedan muchas más por delante.

Hace esto cada día, de lo que puede deducirse que su mundo de relaciones sociales no es demasiado amplio. Quizá es pensionista o vive de rentas, por lo que puede permitirse ser un ermitaño dentro de la civilización. La última vez que lo vi, la chica que me acompañaba dijo que estaba segura de que padecía una depresión, de que no era normal. Los únicos motivos para que llegara a esta conclusión eran su más que evidente desapego social y su aspecto, tan desaliñado y repulsivo para algunos, honesto y auténtico para mí.


Esta clase de tipos son mis verdaderos héroes.



Algún día me gustaría buscarle conversación a Pere. Sentarme a su lado, pedir una cerveza e intentar indagar en su visión de la vida, que yo intuyo fascinante. Poco a poco se ha convertido en uno de mis ídolos: un perdedor que arrastra su fracaso con dignidad, alardeando incluso. Un disidente social que, ajeno a cualquier pose o pretensión, se limita a ser como es. Habrá quien se ría de él, quien lo considere ridículo, pero me da que con su sola presencia es Pere quien se carcajea en nuestras narices.
26/08/2005 17:50 #. Hay 4 comentarios.

30/08/2005

Peligrosa lejanía

Hace unas semanas pude presenciar un accidente de tráfico. Era casi medianoche. Estaba charlando tranquilamente con mi amigo, que conducía, cuando observé que un viejo Mercedes que circulaba en sentido contrario invadía bruscamente nuestro carril. Se estampó directamente contra una furgoneta de color blanco que circulaba apenas a dos metros por delante de nosotros. El choque fue casi frontal y, después de un sonido brusco y seco, los dos coches volaron literalmente por encima de nuestro vehículo. El Mercedes suicida quedó derribado en medio de la calzada, con el morro aplastado, y la furgoneta acabó volcada más allá de la cuneta. Mi amigo fue hábil y consiguió detener el coche, encender los intermitentes y apartarse en la cuneta sin que sufriéramos ningún rasguño.


"Espera, que te voy a dar una vuelta con mi coche. Hey, ¿por qué sales corriendo?"



Nos costó unos segundos reaccionar. Decidimos bajar del coche y acercarnos a los vehículos accidentados. La gente que venía detrás de nosotros también empezaba a salir de sus coches. Caminé primero hacia el Mercedes. El pitido continuo de su claxon vibraba por encima de las voces curiosas. Había dos ocupantes en el interior: una persona atrapada entre los hierros, con el volante clavado en el pecho y la barriga abierta y exhibiendo las visceras. A su lado, otra persona estaba viva, con los ojos en blanco y con grotescas convulsiones. Me dirigí entonces hacia la furgoneta por encima de los cristales rotos. Detrás de la ventanilla sólo había una persona absolutamente pálida. Alguien dijo más tarde que no tenía pulso.

La situación pasó de dantesca a surrealista cuando un exaltado, que venía de los coches de detrás y se quejaba de que le habían dado un golpe a su vehículo, empezó a chillar a los accidentados: "Más vale que os muráis, porque si no os mato yo". La policía y la ambulancia llegaron enseguida. No nos preguntaron y pudimos irnos al poco rato.


Hola Patch, te dedico esta foto totalmente fuera de lugar. Sólo te pido que me nombres en tu blog. Enróllate, sería un punto.



Normalmente suelo sentir una peligrosa lejanía con respecto a la muerte. El hecho de que se nos hable de grandes catástrofes donde han muerto miles de personas, o de terribles guerras en países exóticos, o incluso de muertos en accidentes de tráfico, no me afecta demasiado. Con esto no pretendo escribir un artículo del estilo de los que aparecen en el dominical de El País y hablar de mi falta de solidaridad y humanidad, sino sólo señalar lo que creo que normalmente nos pasa a todos, y es pensar que vamos a vivir para siempre y que la muerte es algo que le ocurre a los demás. En el caso del accidente que he explicado, si hubiésemos llegado cinco segundos antes al mismo punto probablemente nos hubiera pasado a nosotros. Ahora no estaría aquí escribiendo este artículo, mi vida habría terminado abruptamente, sin esperarlo y quizá sin darme cuenta.

Me parece apropiado, en lo que a esto respecta, hablar de la situación que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de exterminio nazis, pensados para la masacre sistemática de todos sus presos. Tras haber leído varios testimonios de supervivientes (recomiendo especialmente el libro Si esto es un hombre, de Primo Levi), he llegado a la conclusión de que los que no murieron fue gracias a su enorme adaptabilidad y capacidad de recursos, a su don de gentes para saber comerciar y usar el ingenio, ganarse a los kapos, estar así mejor alimentados y poder superar de este modo las selecciones, los trabajos más duros y las epidemias. Sin embargo, muchos de los que sobrevivieron han pasado los años ahogados por el sentimiento de culpa que les ha generado, precisamente, el hecho de haber sobrevivido a costa de los que se hundieron. Aunque es cierto que la adaptabilidad ayudó a su supervivencia, no lo es menos el hecho de que en un campo de concentración la muerte era algo más o menos aleatorio: bastaba con que los médicos equivocaran la ficha a la hora de decidir si alguien volvía al barracón o se iba directo a las cámaras de gas, o con tener la mala suerte de ser disparado por un policía que quería ganarse unos días de permiso y que alegaría posteriormente que el preso había intentado huir, o con ser destinado a un trabajo imposible y en unas condiciones infrahumanas. Esta aleatoriedad era la que no tuvieron en cuenta la mayoría de los supervivientes que cayeron posteriormente en depresión.


Proceso de selección sumario en Auschwitz. Las mujeres, los niños y los ancianos solían ir directos a las cámaras de gas.



Y esta aleatoriedad es la que pude contemplar de primera mano a raíz de aquel accidente de tráfico. Solemos sentirnos espeluznados por las muchas personas que murieron en Auschwitz, por lo mal que lo pasan los enfermos terminales de cáncer antes de morir, por las muchas muertes que se produjeron en el accidente de un cámping. El factor común de todos estos hechos es lo peor que nos puede pasar a todos, la muerte. Y lo verdaderamente horroroso es la peligrosa lejanía que a veces sentimos con respecto a que esto pueda suceder. En el momento en que morimos, todos estamos igual de muertos.
30/08/2005 21:02 #. Hay 7 comentarios.


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