MIS OBSESIONES |
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El blog que se ríe gratuitamente de los estereotipos
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005. 02/08/2005Metrosexuales contra feosEl año pasado se puso de moda un término que actualmente ya no pega tanto, pero sí las actitudes que implica: metrosexual. El metrosexual era un joven que rondaba la treintena, independiente y de alta solvencia económica, que se preocupaba casi de manera obsesiva por su aspecto: aficionado a la ropa cara, a las cremas y ungüentos corporales y a los peinados a la última moda. El icono cultural de este "movimiento" no era ni más ni menos que David Beckham: un jugador de fútbol más o menos aceptable, pero que no destaca por nada más aparte de por ser guapo. Es ídolo allá donde va, simplemente por su imagen (¿o acaso alguien le ha oído alguna vez decir algo?).
02/08/2005 17:01 #. Hay 9 comentarios. 06/08/2005Happy LoosersCuando uno empieza a interesarse de verdad por lo que han hecho los demás, ya sea en cuanto a música, cómics, discos o cualquier otra cosa, le entran muchas ganas de emularlos y lograr algo semejante. Me pasó en mi infancia con Richard Corben y Edgar Allan Poe; en mi adolescencia, con Stephen King y J.D. Salinger. Y ahora mismo, con demasiada gente como para poder citar sólo un par de nombres.
06/08/2005 06:01 #. Hay 7 comentarios. 26/08/2005PerePasa todo el día solo. Es fácil coincidir con él, a lo largo del día, en cualquiera de los restaurantes o bares que abundan en el pueblo. Muchas veces, mientras tomo el aperitivo, lo veo entrar, sentarse en una mesa y comer el menú del día mientras da cuenta de una botella de cava. Hasta entonces, ha estado desde las diez de la mañana recorriendo los bares y bebiendo cerveza sin parar. Nunca le acompaña nadie y no hace el menor esfuerzo por comunicarse, más allá de pedir a los camareros.
Su aspecto es bastante peculiar. De unos treinta y cinco años, bajito, con una barriga importante y unas melenas negras descuidadas y grasientas, también le caracterizan unos pantalones de gimnasia cortos rematados con unas zapatillas de estar por casa y unos calcetines negros estirados a lo largo de la espinilla. Aunque su ruta de bares a lo largo del día es inexorable, y aunque su condición alcohólica cuando llega la noche debe de ser considerable, nunca le he visto molestar a nadie. Se limita a mirar al infinito, fumar un cigarrillo y terminar con su cerveza, sabiendo que aún le quedan muchas más por delante. Hace esto cada día, de lo que puede deducirse que su mundo de relaciones sociales no es demasiado amplio. Quizá es pensionista o vive de rentas, por lo que puede permitirse ser un ermitaño dentro de la civilización. La última vez que lo vi, la chica que me acompañaba dijo que estaba segura de que padecía una depresión, de que no era normal. Los únicos motivos para que llegara a esta conclusión eran su más que evidente desapego social y su aspecto, tan desaliñado y repulsivo para algunos, honesto y auténtico para mí.
Algún día me gustaría buscarle conversación a Pere. Sentarme a su lado, pedir una cerveza e intentar indagar en su visión de la vida, que yo intuyo fascinante. Poco a poco se ha convertido en uno de mis ídolos: un perdedor que arrastra su fracaso con dignidad, alardeando incluso. Un disidente social que, ajeno a cualquier pose o pretensión, se limita a ser como es. Habrá quien se ría de él, quien lo considere ridículo, pero me da que con su sola presencia es Pere quien se carcajea en nuestras narices. 26/08/2005 17:50 #. Hay 4 comentarios. 30/08/2005Peligrosa lejaníaHace unas semanas pude presenciar un accidente de tráfico. Era casi medianoche. Estaba charlando tranquilamente con mi amigo, que conducía, cuando observé que un viejo Mercedes que circulaba en sentido contrario invadía bruscamente nuestro carril. Se estampó directamente contra una furgoneta de color blanco que circulaba apenas a dos metros por delante de nosotros. El choque fue casi frontal y, después de un sonido brusco y seco, los dos coches volaron literalmente por encima de nuestro vehículo. El Mercedes suicida quedó derribado en medio de la calzada, con el morro aplastado, y la furgoneta acabó volcada más allá de la cuneta. Mi amigo fue hábil y consiguió detener el coche, encender los intermitentes y apartarse en la cuneta sin que sufriéramos ningún rasguño.
Nos costó unos segundos reaccionar. Decidimos bajar del coche y acercarnos a los vehículos accidentados. La gente que venía detrás de nosotros también empezaba a salir de sus coches. Caminé primero hacia el Mercedes. El pitido continuo de su claxon vibraba por encima de las voces curiosas. Había dos ocupantes en el interior: una persona atrapada entre los hierros, con el volante clavado en el pecho y la barriga abierta y exhibiendo las visceras. A su lado, otra persona estaba viva, con los ojos en blanco y con grotescas convulsiones. Me dirigí entonces hacia la furgoneta por encima de los cristales rotos. Detrás de la ventanilla sólo había una persona absolutamente pálida. Alguien dijo más tarde que no tenía pulso. La situación pasó de dantesca a surrealista cuando un exaltado, que venía de los coches de detrás y se quejaba de que le habían dado un golpe a su vehículo, empezó a chillar a los accidentados: "Más vale que os muráis, porque si no os mato yo". La policía y la ambulancia llegaron enseguida. No nos preguntaron y pudimos irnos al poco rato.
Normalmente suelo sentir una peligrosa lejanía con respecto a la muerte. El hecho de que se nos hable de grandes catástrofes donde han muerto miles de personas, o de terribles guerras en países exóticos, o incluso de muertos en accidentes de tráfico, no me afecta demasiado. Con esto no pretendo escribir un artículo del estilo de los que aparecen en el dominical de El País y hablar de mi falta de solidaridad y humanidad, sino sólo señalar lo que creo que normalmente nos pasa a todos, y es pensar que vamos a vivir para siempre y que la muerte es algo que le ocurre a los demás. En el caso del accidente que he explicado, si hubiésemos llegado cinco segundos antes al mismo punto probablemente nos hubiera pasado a nosotros. Ahora no estaría aquí escribiendo este artículo, mi vida habría terminado abruptamente, sin esperarlo y quizá sin darme cuenta. Me parece apropiado, en lo que a esto respecta, hablar de la situación que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de exterminio nazis, pensados para la masacre sistemática de todos sus presos. Tras haber leído varios testimonios de supervivientes (recomiendo especialmente el libro Si esto es un hombre, de Primo Levi), he llegado a la conclusión de que los que no murieron fue gracias a su enorme adaptabilidad y capacidad de recursos, a su don de gentes para saber comerciar y usar el ingenio, ganarse a los kapos, estar así mejor alimentados y poder superar de este modo las selecciones, los trabajos más duros y las epidemias. Sin embargo, muchos de los que sobrevivieron han pasado los años ahogados por el sentimiento de culpa que les ha generado, precisamente, el hecho de haber sobrevivido a costa de los que se hundieron. Aunque es cierto que la adaptabilidad ayudó a su supervivencia, no lo es menos el hecho de que en un campo de concentración la muerte era algo más o menos aleatorio: bastaba con que los médicos equivocaran la ficha a la hora de decidir si alguien volvía al barracón o se iba directo a las cámaras de gas, o con tener la mala suerte de ser disparado por un policía que quería ganarse unos días de permiso y que alegaría posteriormente que el preso había intentado huir, o con ser destinado a un trabajo imposible y en unas condiciones infrahumanas. Esta aleatoriedad era la que no tuvieron en cuenta la mayoría de los supervivientes que cayeron posteriormente en depresión.
Y esta aleatoriedad es la que pude contemplar de primera mano a raíz de aquel accidente de tráfico. Solemos sentirnos espeluznados por las muchas personas que murieron en Auschwitz, por lo mal que lo pasan los enfermos terminales de cáncer antes de morir, por las muchas muertes que se produjeron en el accidente de un cámping. El factor común de todos estos hechos es lo peor que nos puede pasar a todos, la muerte. Y lo verdaderamente horroroso es la peligrosa lejanía que a veces sentimos con respecto a que esto pueda suceder. En el momento en que morimos, todos estamos igual de muertos. 30/08/2005 21:02 #. Hay 7 comentarios. |