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El blog que se ríe gratuitamente de los estereotipos
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005.
01/06/2005
El rinconcito nació hace más o menos un año, y desde entonces se caracteriza por no haber cambiado nada. Es decir, por hablar siempre de lo mismo, expresar siempre las mismas convicciones y ser comentado por sus lectores siempre de la misma manera. Si no lo conocíais y queréis saber de qué se trata, os bastará con leer los puntos que voy a escribir a continuación y comprobar que se dan en el 95% de los posts. La autora usa el seudónimo de Gemmita, tiene 25 o 26 años y está sin novio. Le gusta mucho el sexo, pero no con cualquiera. De hecho, no lo practica desde tiempos antediluvianos. Es muy exigente, hasta el punto de que en cuatro de cada cinco posts (más o menos) habla de lo poco que le convencen los componentes del género masculino, y de lo mucho que cuesta encontrar a una persona que sea tan especial, sensible y profunda como ella.  Una de las típicas fotografías que suele incluir en sus posts... cada curva es pura emoción, sutilmente matizada por el blanco y negro.
De que es una chica profunda, da constancia su propensión a escribir de vez en cuando fragmentos seudoliteriarios, deudores del mejor de los Milan Kundera o de la sensibilidad más refinada de un Paulo Coelho. Gemmita exhibe con orgullo sus referentes y es dada a la metáfora barata (a veces sonrojante, como ocurre en uno de sus últimos posts en el que acuña los términos "merluza fresca" y "merluza congelada", que se han hecho famosos entre sus avispados lectores). Con cada línea que escribe parece estar proclamando el alto nivel de sus cualidades artísticas y de su habilidad para indagar mediante las palabras en los sentimientos más hondos. Os pongo un párrafo de muestra (correspondiente a julio del 2004), en el que muestra claramente que, si se lo propusiera, podría ser una gran promesa de las letras de la llamada "literatura para mujeres":
"A ti.. que ocupas mi pensamiento cada minuto del día..a tí que cuando apareces ante mis ojos consigues que mi corazón se vuelque y palpite con una fuerza irrefrenable..a ti que cada vez que me miras acaricias mis mejillas con tus ojos, cada vez que me tocas me arrancas un pedacito de alma, cada vez que me besas me regalas aliento."
 Su ídolo, Milan Kundera. Su prototipo de hombre ideal. Esa mirada araña las partes más hondas del alma.
Por lo demás, cuando no se pone en plan literario o habla del tema de siempre (sus ganas de sexo, cómo nadie está a su nivel, etc.), se queda en un plano intermedio de interesantísima literatura costumbrista. O lo que es lo mismo, recurre a posts del tipo: "Hoy me he levantado a las siete, me he tomado un café, he ido a la oficina, me he tomado una coca cola, luego he ido al gimnasio". O sea:
"Aish, son las 15:37 y me acabo de zampar en mi mesa de despacho una racion de patatas fritas con ketchup y una catalana de escandalo!como últimamente esto es un estrés continuo, me suben la comida a la oficina." (octubre del 2004).
Poco más queda por decir de este blog. Ha sido igual durante un año y es muy dudoso que cambie de rumbo o que hable de cosas más interesantes. Por cierto, uno de sus rasgos estéticos más inconfundibles, de un tiempo a esta parte, son las finísimas y delicadas fotografías de mujeres desnudas con las que adorna cada comienzo de post, y que están relacionadas con lo que explica en él. Quizá es lo mejor del blog, aunque esto tampoco sea decir mucho. Se echa en falta que, de vez en cuando, comente de qué fuente las extrae o, al menos, quién es su autor.
05/06/2005
La universidad, templo de la especialización y los saberes avanzados, acoge a una gran diversidad de estereotipos, a cada cual más extraño, y que sólo tienen en común el hecho de asistir a las mismas clases o de estudiar en la biblioteca. Durante cinco años pude tomar constancia de cada uno de ellos. Supongo que en determinados matices la topología universitaria varía de una facultad a otra, dependiendo de la materia que se imparta. Por ejemplo, en mi universidad, de letras, era imposible encontrar a estudiantes con gafas y camisas de cuadros jugando al ajedrez de manera concentrada en los bancos del patio, algo muy abudante, por ejemplo, en la de matemáticas.  ¿Te hace una partidilla de ajedrez?
A la que yo iba sí que acudían, sin embargo, futuros ganadores del Premio Cervantes, aspirantes a figurar en las entradas de los manuales de literatura de instituto. Era relativamente fácil que alguien se acercase y dijera: "¿Sabes? He planeado una novela con una concepción circular del tiempo". O que alguien nos pasara unos relatos que había escrito y nos comentase: "Están muy inspirados por Borges, son muy borgianos", para que luego nosotros comprobásemos que el auténtico valor de esas páginas residía en el papel en el que estaban escritas, que aún era reciclable. Es curioso darse cuenta de que los estudiantes de letras tienden a sentirse superiores al resto de la humanidad: son más profundos y sensibles, leen y, por lo tanto, eso les concede el privilegio de poder mirar a los demás por encima del hombro. Saben lo que vale la pena, pueden percibir claramente los tesoros culturales de incalculable valor. Todavía recuerdo a un tipo que decía lo siguiente del ya mítico Milan Kundera y su obra La insoportable levedad del ser: "Me estoy quedando alucinado. Esto sí que es literatura de verdad. En las doce páginas que llevo, me doy cuenta de que aquí hay vida, de que tienen mucho peso, y esto es algo que no he leído en ninguna de las cosas que la gente escribe por aquí". Ojalá lo escuchase Harold Bloom.
 Ramoncín pudo haber estudiado letras. Él también es tope culto.
También abundaban los clones de Bukoswki, o de Ray Loriga, o de todo a la vez. Eran auténticos malditos que se paseaban por el lado animal de la existencia. Sus relatos empezaban todos más o menos igual: "Mi vida es una mierda. He tirado al suelo el disco de Nirvana. Mientras observaba mis tejanos raídos, me han dado ganas de llorar". Por supuesto, estaban convencidísimos de que cada línea que escribían era puro oro, y de que su primera novela vendería a raudales y marcaría época. También solían ser los apósteles del experimento y la vanguardia, y defendían hasta la muerte obras tan divertidas como el Ulises de Joyce o El hombre sin atributos de Musil, aunque ninguno de ellos las había leído. Entraban a las clases de teoría de la literatura con el gesto serio, la cabeza alta y un libro de poemas de José Ángel Valente, como poco, bajo el brazo.
 Ray Loriga sí que es un outsider. ¿Por qué me recordará tanto a Nacho Vegas?
¿Más friquis? Sí. Las escritoras-poetisas. No entiendo por qué razón, la gran mayoría de las chicas que escribían disfrutaban hablando de sus sentimientos y actitudes hacia el mundo. Para entenderlo mejor, no hay más que leer cualquiera de los posts de Gemmita, del blog que comenté la última vez. No puedo olvidar lo que cierta vez me dijo una de ellas, lectora de Baudelaire -bueno, al menos quizá se leyó El albatros-, actriz de teatro, fumadora de Gauloises, seguidora de la moda de pretensiones góticas y, cómo no, futura escritora de novelas: "Creo que ya me hubiese suicidado si no fuera por mi intención de escribir una novela que me realice y que contribuya a cambiar el mundo". Esa frase se me quedó grabada a fuego. Espero llegar a leer algún día ese hito ya no de las letras, sino de la especie humana.
 Desde mi celda, escribo mi gran novela mientras fumo Gauloises. Soy tan... especial...
Hasta aquí he hablado de los friquis literarios. Pero en una universidad hay muchos más, que comentaré en el siguiente artículo.
09/06/2005
Como muy bien señalaron algunos comentarios al artículo anterior, faltaba mucho por explicar sobre el ámbito de los friquis de universidad. Y es que, más allá de las facciones de los friquis literarios, hay toda una serie de personajes extraños más universales, menos característicos de una facultad en concreto, pero no por ello menos peculiares. De éstos nos vamos a ocupar ahora. A poco que uno acuda a un curso universitario, se dará cuenta enseguida de la presencia de los jipis de los malabares. Se trata de gente que nunca veremos dentro de clase, a la que no conoceremos porque se pasan el día en el césped, con su ropa de segunda mano y sus rastas al aire. Quizá entren algún día para repartir folletos o para avisar de alguna huelga. Eso sí, no deja de ser curioso que se manifiesten por asuntos como "la calidad dentro de las aulas", ya que éste es el lugar al que menos acuden a lo largo del año. Presentan cierta tendencia a creer que sus ideales son necesariamente compartidos por todo el mundo, así que no dejarán de dar el coñazo con cualquier asunto reivindicativo en el que estén enfrascados y que puedan explicarte: "¡Eh! ¿Sabes que el gobierno destina tantos fondos a la producción de poliestireno en polvo?". Particularmente odiosos son los que, además, tratan de endosarnos alguna revista de las juventudes comunistas por el singular método de pares: uno nos la da, como si fuese un regalo, y unos pasos más allá nos encontramos con otro que nos pide el dinero; método ladino que, quizá consciente del más bien inexistente interés de sus publicaciones, intenta aprovecharse de flojedades puntuales de carácter. No menos singulares son los becarios para siempre. Hablamos de ese tipo de estudiante repelente, serio y casi siempre vestido como una persona mayor, aficionado a frecuentar los departamentos de los profesores y a entregar trabajos cuando ni siquiera hace falta. Beneficiarios de las matrículas de honor, adictos a los fondos bibliográficos y usuarios habituales de las horas de visita, tratan de suplir su ausencia de talento con una dedicación obstinada a cada una de las asignaturas que conforman su matrícula. Permanecerán en la universidad eternamente, ya no como alumnos, sino como becarios encargados del trabajo sucio -y anónimo- de los estudios de sus idolatrados profesores (búsqueda de datos, de citas, de bibliografía) y como diligentes portadores del café de las once, con la esperanza de que quizá, algún día, puedan llegar a ser maestro en lugar del maestro.  Futuro portador de cafés.
Más irritantes aún son los viejos. Apenas son dos o tres por clase, pero se hacen notar por sus interminables y absurdas preguntas o comentarios, de los que a veces ni el profesor sabe escapar. No suelen estar matriculados, y acuden a las clases porque se aburren en su casa y así pasan la mañana de alguna manera. En mi universidad era muy famoso Camilo José Cela, que recibía este nombre por su rebuscado parecido con el Premio Nobel español, y a cuyo lado nadie quería sentarse porque olía un poco mal.
 Jaaaarl... Eche peacho de literatura del barrocoorl, ¿te da cuen?
Entramos ahora en la zona turbia y tenebrosa. Y los primeros en habitar este submundo son los locos. Una de las características de mi universidad era que estaba integrada en plena ciudad, con lo cual se prestaba muy fácilmente a la visita de espontáneos esquizofrénicos que gustaban de darse una vuelta por este centro de la educación y la cultura. El más temible de ellos era el recluta, un individuo joven, de un metro noventa de alto y rapado a estilo militar, que de vez en cuando aterrorizaba a los estudiantes haciendo acto de aparición en el claustro, proclamando encendidos discursos sobre marcha militar y castigos físicos, dando patadas a las mochilas de los incautos que no ahuecaban el ala, como la mayoría, en cuanto su sombra se perfilaba en el suelo, y entrando en las aulas y hablando con una perturbadora y amenazante voz de psicópata a los profesores. También estaba el meón, un tipo de pelo canoso y larga barba que, como si se tratase de un acto terrorista, se escabullía hábilmente de los guardias de seguridad, que ya lo conocían, se internaba siempre en el mismo patio y echaba una meada sobre la misma papelera. La siguiente escena que podía contemplarse consistía en dos guardias de seguridad arrastrándolo por los hombros hacia la salida. Otro loco famoso era el del walk-man, que se hizo famoso por desgastar las paredes del claustro con su peculiar balanceo de cabeza, al ritmo de la música que escuchaba de su sempiterno aparato musical. Al contrario de los otros, él supo adaptarse, y en el bar de la facultad -lugar en el que se daba la circunstancia excepcional de laboratorio de que las cucarachas cohabitasen con los donuts- lo aceptaban a cambio de que recogiese las porquerías del suelo.
 Me pregunto si será normal escuchar estas voces en mi cabeza.
Sólo queda hablar de un aspecto tenebroso más: y es que, como he dicho, mi universidad estaba integrada en el entorno urbano, con lo cual los lavabos masculinos, pasada cierta hora de la tarde - o a veces antes-, se poblaban de individuos de elección sexual gay que buscaban en ellos relaciones espontáneas. Aún recuerdo al de la chilaba, un joven de pelo rizado a lo Maradona, siempre vestido, como su nombre indica, con una chilaba, que atemorizaba en los meaderos a los jóvenes estudiantes de primer año -yo fui una de sus víctimas-, por el método de ponerse al lado y, no demasiado sutilmente, lanzar miradas a los miembros ajenos mientras se la meneaba. Estas peculiares circunstancias hacen que, pasada una hora, y en los lavabos más recónditos de la facultad, lo más aconsejable sea entrar sin mirar alrededor, dirigirse firmemente a una de las cabinas -nunca a los meaderos- y salir sin limpiarse las manos, a no ser que ipso facto se quiera tener a un pretendiente al lado con oscuras intenciones. E incluso así, es posible que os ocurra como una vez me pasó: que estando dentro de las cabinas, alguien me preguntó insistentemente si podía entrar conmigo. Ante mi "¡No!" enérgico, y mi fulgurante salida del lavabo, no encontré a nadie. Quizá se trataba del alma errante de alguien que pereció mientras buscaba un eventual amor de retrete.
 No le mires a los ojos si está meando demasiado tranquilamente.
Y con este post finalizo la temática de los friquis de universidad. Vosotros diréis si pensáis que falta alguno. Por cierto, dedico este artículo a los esforzados estudiantes de la biblioteca que batallaban para reservar su asiento en periodo de exámenes, y que estaban siempre allí metidos, a pesar de que no aprobaban nunca. Mis más afectuosos recuerdos hacia ellos.
16/06/2005
Sólo queda terminar esta serie de artículos examinando los elementos femeninos que estudiaban en la universidad. Y por suerte fui a una universidad de letras, porque si hubiese estudiado informática no podría escribir este artículo. Entrar por primera vez en un lugar donde el 75% de los estudiantes son alumnas suele producir una sensación gratificante, que poco a poco, a medida que pasan los días, deja colarse la sombra de la inquietud a la vista de que la masa femenina es demasiado heterogénea y roza toda clase de extremos.  ¿Qué dices? Yo estudié informática y en mi universidad sí había algunas tías.
Así que sólo citaré por encima a esas chicas con atuendos jipis, punkis o cualquier otro estilo pretendidamente antisistema y que andan siempre dando la nota haciendo comentarios a favor de que se estudie a determinadas autoras, proclamando las cadenas culturales que siempre han frenado a la mujer y acudiendo en rebaños a las conferencias de Isabel Allende; y tampoco me referiré demasiado a las que se levantan antes de que amanezca para terminar de pintarse, elegir el vestuario adecuado y acudir a la universidad como si fueran a ser retratadas en la portada de Cosmopolitan; mención aparte merecen las que no sienten ningún tipo de aprecio por la materia que estudian, y están allí sólo por hacer algo y porque la nota les llegaba, con la esperanza de cambiar a otra carrera más guay al año siguiente; y mucho menos aún hablaré de las que, cual apariciones fantasmales, se cuelan en clase los últimos días antes de los exámenes para pedir los apuntes a cualquier desconocido y demostrar que mientras haya pardillos, no hace falta tomar apuntes para aprobar. Tampoco hablaré, desde luego, de la famosa chica que, después de una diarrea inesperada, se limpió con el calcetín y se lo volvió a poner.
 Me gusta ir arreglada a la facultad, porque soy una persona adulta y pertenezco a la elite.
No lo haré porque, en mi opinión, las auténticas estrellas de la universidad son las friquis. Escapan a cualquier tipo de mediocridad y todos se habrán fijado en ellas tarde o temprano. Y en algún momento de una conversación, en el bar o en el patio, alguna de ellas será nombrada, y todos asentirán con complicidad porque nadie habrá podido dejar de fijarse en semejante aberración social. Directamente venidas de los reductos de los inadaptados de instituto, con un amplio historial a sus espaldas de burlas y crueldades en el peor de los casos, y de férrea indiferencia en el mejor, pasean por la universidad como con vergüenza, conscientes de su condición de outsiders y de que en las aulas transcurre su única vida social.
Las friquis de película independiente suelen ser inadaptadas, pero guapas o, como mínimo, atractivas. Esto demuestra que son pura ficción, porque normalmente, casi en el 99% de los casos, son no sólo feas, sino muy feas, feísimas, con un tipo de fealdad que empuja a la reflexión y que recordamos con la misma viveza aun después de pasados los años. Puedo poner el caso de dos hermanas mellizas, de rasgos muy distintos pero que, sorprendentemente, ofrecían el mismo resultado antiestético. Una de ellas, incluso, tenía unos pelajos largos y retorcidos en la barbilla. Estudiaban mucho y se llevaban de calle todas las matrículas de honor. Podría decirse que, para ellas, el hecho de ser brillantes en los estudios venía a ser algo así como una venganza personal, una revancha que buscaba la perfección, un poco de luz en su deteriorada autoestima y, aparte, una distracción en sus desocupados momentos de ocio. Recuerdo que una vez una amiga, hablando de ellas, me dijo, en un alarde de compasión: "Me dan mucha pena porque son muy feas". Y esto me trae a la memoria una de las audaces convicciones de un jefe que tuve hace unos años: "No quiero contratar a chicas feas porque pierden tiempo de trabajo leyendo revistas para mejorar su imagen".
 Sábado por la noche. Es hora de estudiar.
También puedo hablar de Maribel, una absoluta garrula de la que siempre me pregunté cómo había logrado superar ya no la selectividad, sino cualquier curso de primaria. Imprevisible, impulsiva, proclive al lloro fácil y al insulto irreflexivo, sentarme a su lado durante todo un cuatrimestre me proporcionó un espectáculo único e irrepetible. Trabajaba a tiempo parcial en un Bocata, así que siempre llegaba a clase impregnada de un sutil aroma a aceite frito. Decidí alejarme de su asiento después de que dejara de hablarme varias veces por motivos que sólo ella comprendía, de que no parase de tirar a propósito su bolígrafo al suelo para agacharse y comprobar si le estaba observando las bragas y, sobre todo, de que una vez irrumpiera en el aula de informática y me gritase que era un capullo para después dar media vuelta e irse, y todo porque había olvidado que había quedado con ella a la salida de una clase para pasarle unos apuntes.
 Las de las películas no son así.
Había muchas más friquis. Por ejemplo, la treintañera que siempre asistió a las clases con el mismo raído chándal gris del Colacao. O una mujer que venía las clases de sintaxis y que, como decía una amiga, no sólo tenía el mismo rostro que Galindo -el de Crónicas Marcianas- sino que además hablaba igual que él. O la mujer madura y entrada en años y en kilos que sólo intervenía en las clases para defender el españolismo con una voz asombrosamente parecida a la de Zaplana. O para acabar, y para mí la mejor de todas, la que se sentaba en el asiento de delante en las clases de teatro. Recuerdo que cada martes y cada jueves mantenía el mismo nivel de caspa en su cabello, negro y enmarañado, y que tenía todos los padrastros de las uñas -con las puntas negras, cómo no- levantados a niveles inverosímiles, hasta el punto de que se torcían en espirales. Mantener esa peculiar opción estética durante todo el curso tuvo que suponerle un esfuerzo al que aquí, para terminar ya con la serie de la universidad, expreso mi más sincera admiración.
19/06/2005
Lo que más me molesta de los asuntos esotéricos y espirituales es la voluntad de creer que exigen a quien se acerca a ellos. Son necesarias altas dosis de credulidad para conceder algo de crédito a las informaciones que se vierten en este sentido. Los testimonios suelen ser fragmentados, o indirectos, o espontáneos y breves, de tal manera que no ofrecen la posibilidad de volver a calibrarlos en unas condiciones mínimas de rigor. Nunca ha habido una aparición paranormal frente a un grupo considerable de personas -obviando, claro está, determinadas figuras de la televisión.  ¡Oh no! Es... ¡Zabulón!
Todo esto viene a cuento de un artículo que acabo de leer en El Mundo. Un periodista, José Manuel Vidal, acude a un exorcismo, avisado por un cura español experto en esta materia, José Antonio Fortea. En la teoría, un periodista, en sus crónicas, no debe juzgar sobre lo que está viendo, sino limitarse a ofrecer un retrato fiel y preciso de la realidad a la que asiste. Pero a medida que leemos la crónica, las perlas van cayendo una tras otra. Esto es lo que le dice el cura al periodista:
"No soy ningún showman ni quiero publicidad. Si estáis aquí es porque os necesito para liberar a la chica. Tendréis que ser muy prudentes. No podréis dar pista alguna que permita la identificación ni de la muchacha ni de su madre. Preferiría que tampoco me nombraseis a mí, pero acepto ese sacrificio en aras de una mayor credibilidad."
 José Manuel Vidal, la Covi de los periodistas.
El escenario perfecto: ni la chica endemoniada ni su madre podrán ser identificadas, de tal modo que tampoco se les podrá preguntar posteriormente, ni someter a pruebas, ni nada en absoluto. Ya tenemos, por lo tanto, la condición de fenómeno espontáneo característica de todos estos sucesos. Lo que suceda, quedará ahí como las típicas historias de fantasmas de las viejas de pueblo. Al mismo nivel de credibilidad.
El siguiente párrafo parece una mezcla entre una película de risa que parodia el tema diabólico (como la excelente Little Nicky) y un capítulo de la serie Embrujadas:
"Nos cuenta que se trata de un chica poseída por siete demonios. Que ya expulsó a seis, pero que el último se resiste. «Se llama Zabulón, es un diablo casi mudo pero muy inteligente» (...) Su madre me dijo que era una compañera de clase, que había invocado a Satán para hacer un hechizo de muerte contra ella. Y de hecho, primero estuvo gravísima y a punto de morir."
 ¡En el nombre del señor! ¡Sal de ahí, Zabulón!
Así que esa chica encerraba en su cuerpo una convención diabólica al completo, sin que se nos explique cómo es esto posible físicamente. Normalmente, los exorcistas esquivan este tipo de cuestiones diciendo que se trata de un fenómeno puramente espiritual. Pero está claro que no puede ser así, dado que tiene repercusiones claramente físicas en los supuestos poseídos: hablan en otras lenguas desconocidas, levitan, caminan por las paredes y les crecen garras o cambia el aspecto de su rostro, con lo cual necesariamente unas modificaciones de este tipo deberían poder ser estudiadas y medibles científicamente. Ya ni siquiera hablaremos de esa joven bruja, compañera de clase, que sabe hacer hechizos de muerte contra personas en concreto -esperemos que los gobiernos no se enteren de que se pueden hacer estas cosas... Tantos años perfeccionando la logística militar, para nada. Y la frase del final también da un poco de risa: "primero estuvo gravísima y a punto de morir". Lo tomas o lo dejas: no dice ni de qué estuvo a punto de morir, ni cuál fue la causa determinada médicamente para ello. Y dejamos para el final el peculiar nombre del diablo: Zabulón. Parece un nombre de broma, más que terrorífico.
Así que los periodistas, el párroco exorcista, la chica poseída y su madre van a una capilla a proceder al exorcismo. Por supuesto, nada de cámaras, ni siquiera de fotografías o grabaciones de voz. Un círculo estrecho de testimonios que deben ser creídos sin ningún tipo de prueba. Eso sí, el periodista intenta dar una imagen de seriedad al artículo diciendo que "Trato de registrar el más mínimo detalle en mi mente. Sigo pensando que asisto a un montaje". O sea, que a él no se la dan con queso. Es un tío serio, nos podemos fiar de lo que vamos a leer a continuación. Y entonces la chica empieza a dar la nota, porque quiere ser el centro de la fiesta. Lo que viene no tiene desperdicio:
"Un alarido desgarrador, el primero, rompe el silencio de la capilla, penetra en mi alma y me pone la carne de gallina. No es humano. Es un chillido sobrecogedor y profundo el que sale de la garganta de Marta. Pero no puede ser ella". El periodista pierde la objetividad a las primeras de cambio. ¡Menudo nenaza! Además, lo de "no puede ser ella" es un argumento objetivo, determinante y totalmente creíble, que encierra en sí mismo toda clase de porqués y cómos. Es casi un dogma. Lo que sigue es aún más divertido:
"El padre Fortea acaba de invocar a san Jorge y, al oírlo, la joven grita, bufa, pone los ojos totalmente en blanco, arquea el cuerpo y se levanta toda entera un palmo de la colchoneta. No doy crédito". Otra vez, el periodista no duda en tomar partido por cualquier truco de prestidigitador y darlo por cierto. Ciertamente, su tendencia a no plantearse de qué manera eso puede ser una farsa, o intentar buscar puntos racionales que expliquen todo ese circo, lleva a pensar dos cosas: o que es un ingenuo, por lo cual no debería ser periodista, ya que su sentido de la realidad es susceptible de ser distorsionado por cualquier mequetrefe, o bien que es altamente sospechoso de estar contribuyendo de manera consciente a la farsa con sus testimonio, opción que me parece, en este caso, más que probable.
 Joder, se le ha metido un Zabulón en el ojo.
Después de toda una serie de patochadas, a cual más increíble y deudora de cualquier película de terror -como ocurre en casi cualquier testimonio de lo paranormal: ¿o es que alguna vez ha hablado alguien de un fantasma que le cuente chistes, o que haga bromas sobre su condición de espectro?-, el exorcismo termina sin que el cura haya podido expulsar al carismático Zabulón del cuerpo de la poseída. He aquí el penetrante análisis del periodista de todo lo que ha sucedido:
"Rezo por Marta y por su madre. Lo que vi no es un montaje."
No me molesta lo paranormal. De hecho, me atraen mucho estos temas desde el punto de vista de la ficción o de lo puramente bizarro. E incluso, cada vez que leo una crónica similar, me aplico con buena voluntad en su lectura, hasta que la propia naturaleza de lo que se cuenta me obliga a no tomarlo en serio. Lo que sí me parece intolerable es que trate de mezclarse la objetividad periodística con esta clase de temas. Es decir, que deliberadamente se hagan pasar por ciertas historias que no son más que estafas o espectáculos de gañanes, como este último, y que no soportan el más ligero análisis crítico. Todo lo demás es insistir en la vulgaridad, en la superstición, en la creencia del pueblo profundo, inculto y subdesarrollado.
22/06/2005
A primera vista, la noche de San Juan puede parecer uno de los momentos punteros del año: a las puertas del verano, el carisma de una celebración pagana, con fuegos y artificios, y con la libertad de las obligaciones cotidianas a unos pocos pasos, es quizá para muchos un momento insuperable y lleno de promesas. Y así es, pero no nos olvidemos de que esa misma celebración, la noche del 23 de junio, da lugar a una congregación de berzotas, garrulos y otros seres por el estilo que se juntan para sentirse realizados por una noche al año.  ¿La noche de las brujas? No. La noche de los garrulos.
Un elemento indispensable en San Juan son los petardos. La semana antes, se abren a lo largo de la ciudad casetas expendedoras de toda clase de artilugios pirotécnicos, y se forman largas colas de críos ansiosos por adquirir las típicas burbujas y bengalas, de padres que acompañan a sus hijos para, con una irresponsabilidad ajena a cualquier tipo de sentido común, comprarles petardos sólo disponibles para mayores de dieciocho años, y de gañanes sin más, de cualquier edad, que van allí a hacerse con un arsenal completo y ruidoso con el que dar rienda suelta a su estupidez la única noche del año en que tienen coartada para hacerlo.
Días antes de la víspera de San Juan ya hay numerosas señales de lo que se avecina. Espontáneamente escucharemos desde la calle bombas de relojería estallando con un estruendo del demonio, y que nos producirán una curiosa mezcla de sobresalto con indignación, el mismo tipo de ira que nos asalta cuando en un momento de tranquilidad, o de concentración, escuchamos una moto con el tubo de escape trucado. Pero bueno, se acerca San Juan y tenemos que ser comprensivos.
 ¡Guau papi! ¡Qué pasote! ¿Me lo compras?
Lo malo es que la gente aficionada a este tipo de cosas, en su mayoría, no es tan respetuosa con aquellos que no comparten su hobby. De este modo, veremos insuperables ejercicios de mongolismo, sofisticadas y peligrosas idioteces cuyo único fin es causar los mayores estropicios posibles: desde gente introduciendo petardos encendidos en botellas de cristal, papeleras o contáiners cerrados hasta insensatos lanzándoselos unos a otros. Y esto sin contar todos los inventos posibles a los que puede dar lugar un alto grado de gañanería, algo que, por otro lado, en nuestro país no falta. Así que es probable cualquier tipo de invento de animal callejero + petardo, por no hablar de esa especie de ruleta rusa infantil que se puso de moda cuando yo tenía quince años: cuatro o cinco chavales se ponen en fila y sostienen un petardo de los llamados carpinteros entre los dientes, otros se encargan de encenderlos al mismo tiempo, y el juego consiste en que gana quien lo escupe más tarde. Recuerdo cierto día en el que reventó el labio superior de un chico y a otro le volaron los dientes que sujetaban el petardo.
 A ver. ¿Quién es el primero en ponérselo en la boca?
La noche de San Juan ya es la apoteosis de los garrulos. Como hemos dicho antes, acostumbrados a tener que moderar su brutalidad y primitivismo, por fin encuentran una oportunidad para ejercer sus ansias de caos. Caminar por la calle se convierte, para las personas normales, en algo peligroso. Es común ver a inconscientes lanzando en horizontal esos cohetes con palos, calle abajo, quizá en busca de algún ojo. O a individuos que arrojan petardos desde los balcones de su casa. O a niños manipulando misiles a pequeña escala -especialmente los absurdos chupinazos, que funcionan por fricción-, por la gracia de sus padres, que creen que la ley que impide esta clase de pirotecnia a los menores es una tontería, hasta que su hijo regresa a casa con la mano hecha fosfatina y entonces piensan en imponer denuncias a la casa fabricante. Pero especialmente lamentables son esos energúmenos mayores de edad, que circulan por la calle con su bolsa de artefactos colgando de una mano, que se sitúan en una plaza y que lanzan alguno de sus petardos sin pensar en que quizá a los demás les molesta la explosión, peligrosamente cercana, y que, una vez concluida su peculiar obra de arte, esbozan una sonrisa de "qué gamberro soy, pero qué le vamos a hacer, es San Juan, así que no me digáis nada" y marchan para ceder su sitio a otro especimen de iguales características.
San Juan me gusta en espíritu, pero no en lo que realmente supone: una exhibición de gañanería pura, de chimpancés que, una vez al año, tienen vía libre para ejercer sin problemas sus impulsos animales.
27/06/2005
El término friqui lleva al menos un par de años poniéndose de moda, gracias a que ha sido usado sistemáticamente desde determinados programas de televisión para referirse a esas personas extrañas que hacen un espectáculo de sí mismas. Proveniente del inglés freak, en español sólo se aplica su significado de "bicho raro", aunque como todos los términos de moda, a veces es muy difícil especificar qué clase de individuo es merecedor de llevar esta etiqueta o en qué ámbito concreto puede utilizarse. Con este artículo intentaré definir qué es para mí un friqui, y en qué casos considero que puede aplicarse el nombre y en cuáles no.  Soy tan friqui que hasta me sale una aureola.
De entrada, diré que para mí especímenes como Tamara Seisdedos -o como se llame ahora-, Leonardo Dantés, Paco Porras y toda esta clase de personajes habituales de la sección de Javier Cárdenas no son friquis, sino como mucho payasos o caraduras, de la misma manera que lo son cualquier participante de Gran Hermano o programas afines, cualquier persona del famoseo o cualquier "periodista" que se dedica a vivir de la incultura generalizada que impera en España. Un friqui es un fenómeno puramente auténtico, que no exagera rasgos de su forma de ser para resultar más provocativo o para obtener beneficio de ello, sino que simplemente es como es. Y no nos equivoquemos: tampoco es un friqui aquella persona de conductas muy personales, como por ejemplo no ducharse demasiado, vestir de forma rara, ser un fanático de los tebeos o la ciencia ficción o irse a dormir cada día a las ocho de la noche, ya que entonces, en todo caso, hablaremos de un excéntrico, ni tampoco la que simplemente se caracteriza por ser muy fea, o muy baja, o muy gorda, o muy peluda. El friqui puro escapa a todas estas nociones.
 El friqui de biblioteca: "¡Oh Dios, acaba de entrar, qué guapa es! ¿Se habrá fijado en mí?"
En mi opinión, un friqui es un inadaptado, y no nace, sino que se hace. Es aquel adolescente que no ha sabido hacer frente a la manía de sus padres de vestirle con la ropa de cuando ellos eran jóvenes, o aquella chica tímida, callada y poco agraciada que, al no tener nada que destaque frente a los demás, pasa de puntillas de curso en curso sin ser apenas conocida. Un friqui no tiene por qué serlo a lo largo de su vida, sino que es probable que esta circunstancia se dé sólo en una determinada etapa y que después sepa cambiar. De hecho, un rasgo característico de los friquis es que son conscientes de su situación y la viven con indignidad, avergonzados de sí mismos y con fuertes problemas de autoestima. Esto hace que su círculo social sea muy estrecho o que, como mucho, se limite a uno o dos amigos igual de friquis que él, de los que se acompaña por no estar solo y a los que dejaría atrás gustosamente, porque un friqui jamás está contento de su estado y lo cambiaría si tuviese las habilidades necesarias para ello.
De esta manera, normalmente adoptará una postura de amor-odio hacia el resto de la sociedad adaptada. Por un lado los odia, ya que se siente rechazado y ridiculizado por ellos, pero por otro los admira, ya que le gustaría acceder a ese mundo de relaciones y vivencias abundantes. Pero mientras todo el mundo está en la discoteca, o va a la playa en grupo para celebrar el fin de curso, o se reúne en la casa de alguien que organiza una fiesta de cumpleaños, el friqui está solo, porque nadie se ha acordado de él, y no tiene planes más allá de quedarse en casa viendo la tele, jugando a la consola o leyendo tebeos mientras alimenta su rencor.
 Jamás me invitaron a ningún cumpleaños, pero eso no me ha impedido ser feliz.
La evolución de un friqui puede ser muy variada. Es posible que el rencor le lleve a extremos patológicos de autodestrucción o de odio hacia los demás. También puede ocurrir que sepa desarrollar las habilidades necesarias para integrarse en su entorno y que consiga cambiar, con lo que normalmente renegará de su anterior etapa, o que transforme esa inadaptación en un caudal de imaginación artística. O, por otro lado, es igualmente posible que se dé cuenta de que le satisface su estilo de vida y que sepa ajustarlo a las circunstancias de una manera que le haga féliz y sin perder sus señas de identidad. Son múltiples los caminos que sigue un friqui a partir de las tensiones que produce en su propia autoestima el rechazo del exterior. El estigma del friquismo es duro, similar al de los leprosos en la Edad Media. Nadie quiere estar con un inadaptado, puesto que no conduce a nada que no sea convertirse en lo mismo, un símbolo vivo de fracaso social.
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